02/07/2009
Probafobia

No aguanto más. Necesito unos pantalones. Al menos unos. Así que hoy voy a enfrentarme, así, de golpe y a pecho descubierto con varios de los miedos de mi existencia, esto es: rebajas, pantalones vaqueros modernos, tallas, sudor ansioso… y por encima de todo…hoy me toca vérmelas con los probadores. He estirado el chicle lo que he podido, acho, pero ya no puedo más. Los pantalones de mi armario me despiertan por la noche llorando como gaticos. No aguantan más. Quieren jubilarse en los armarios de la playa o el campo, reposando once meses al año y disfrutando de ese momento en el que los redescubres en verano y los cortas, o te los pones para estar por casa.
Acho, os imagináis un probador con un sillón orejero mullidico, y un par de banquetas, con varias perchas sobre un tendedero portátil, espacioso, con la luz a cuatro metros del suelo y su aparatico de aire a 16 grados permanentemente, con un espejo normalico de pies a cabeza, y una neverica de hotel con aguas, zumos y unas gominolas, y con el hilo musical muy bajito, y con dos mesitas y repisas para dejar las llaves, la cartera, el Ipod, las bolsas que ya lleves, el móvil, con varios cargadores disponibles, allí puestecicos en tres enchufes, por si quieres aprovechar ese tiempico para cargar la batería, con una cajica de clínex y otra con toallitas húmedas, dos botellas de nenuco y algún desodorante inoloro en spray allí puestecico. Si acaso también una pantalla plana con goles de Maradona, Bocchini, Rossi, y un interfono para hablar desde dentro con la dependienta… Eso sería un probador, acho. Me compraría pantalones todos los lunes, así, quiera o no quiera. Si algún magnate de las tiendas de ropa de payos lee esto que se apiade, que igual no soy el único. Mi alma por un probador con aire acondicionado a 16 grados. Mi alma. Lo daría todo por uno con piscina… pero eso ya es fantasía, claro.
Con eso me bastaría, acho, pero puestos a pedir, si ir a comprarse unos pantalones fuera ir a la tienda y en el estante elegir unos vaqueros lisos finos, de veranito, buenos, con el tiro adecuado, el largo justo, la cintura, todo en tu tallica buena, sin rotos, sin cueros colgando, ni sombreados, ni aclarados por los muslos, sin chinchetas, ni letras cosidas, del azul claro, o del normal, o del oscuro, y punto… Que fuera pedir la talla y meterse al probadorazo, y con calma chicha hacer la probatura y que a la primera todo fuera coser y cantar, frescura, suavidad, tranquilidad… Acho, es que pagabas el doble y ni te enterabas. Sales con el pantalón, lo metes en la bolsica, pagamenta y a casa a ponértelos, todo de una.
Ay! que la pregunta del dobladillo no existiera, que jamás un dependiente estirao se te agache a ponerte los alfileres y te mire desde abajo así en cuclillas, y sin que te vayas a tu casa sin vaqueros aún habiéndolos pagado después de sudar como un camello, probarte siete pantalones con diferentes adornitos insufribles, haberte torcido una muñeca sujetando la puertecica, haberte quemado la coronilla con el ojo de buey incandescente del techo a un metro cincuenta, olvidarte las bolsas en el probador, haber perdido el móvil, y haber discutido con quien sea que te acompañe en la pelea, mientras esa gota de sudor cae por la mejilla, y el dependiente te mira más fresco que una Sandía, con su pelo a lo Jason Donovan, y a ti te tiembla la pierna izquierda. Hoy me voy a la guerra. De pantalones, acho. Honorrr!. Vale.
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Foto: ¿Os imagináis un probador así?
01/07/2009
Calor en Murcia

Después de tres minutos apoyado sobre la señal de tráfico, junto a la parada de autobús de la Redonda, con los termómetros marcando 42 grados a la sombra, y el estómago vacío, notas cómo el calor va entrando hacia dentro, baja desde los poros de las esquinas del cuerpo hasta que todo se concentra en el interior y comienza a salir en forma de sudor. Después de tres minutos, quieto, sin mover un dedo, cae una gota desde la mitad de la espalda, entre los omoplatos, y notas cómo se desliza hasta el pantalón. El calor te acaricia los primeros segundos, y en tres minutos, te ha poseído. Me miran, y creo que piensan que estoy loco, por estar allí, al sol, con la que cae. Igual que si estuviera lloviendo a mares y no me resguardara.
En la parada hay tres señoras con bolsas, sentadas en el banco de plástico, bajo una ligera sombrica que no le gana ni unas míseras décimas al sopor. Detrás de la parada hay otras dos señoras y un tipo delgado, con un bolso moderno y barba de dos días, escuchando algo en su mp3, guarecidos bajo otra insignificante sombra de morera, esperando el autobús. Los coches pasan con prisa madrileña, aprovechando el ámbar de los semáforos con precisión alemana, los taxis ocupados, y cada vez que llega un autobús no es el mío. Por la acera la gente casi corre entre las sombras de los toldos de las tiendas, o las de los árboles. Trazan su ruta esquivando la luz, con abanicos o botellines de agua. A las 15.02 el reloj de la Redonda marca 43 grados. Pasan los minutos, sigue subiendo la temperatura, y el sudor rehace el recorrido una y otra vez, desde la caricia cuando cae el rayo de sol, hasta la cosquilla de la gota, que se acumula en la espalda.
La luz se vuelve de un blanco anaranjado, y sin moverme, noto el calor subir del suelo, y rebotar en las paredes. Apenas se pueden mantener los ojos abiertos. Con todo, la sensación no es desagradable. El calor te abraza con una lenta suavidad que se confunde con el sueño, y hace olvidar el hambre. Como dejarse mojar por la lluvia, cerrando los ojos y abriendo los brazos. Nadie habla en la parada. Llega más gente, que busca una sombra mínima, detrás de un camión, al otro lado de la publicidad, bajo un periódico...
En la esquina del Dalton´s se encuentran dos mujeres. Se saludan, resoplan y menean las manos. Antes de seguir hablando se mueven dos pasos hacia la pared, buscando cobijo. Hablan del calor. Hay un Seat Ibiza parado a mi lado, en el semáforo. El conductor tiene los ojos cerrados, y los chorros de aire acondicionado dirigidos a su cara. El pelo se le mueve hacia atrás. El semáforo se pone verde y no se da cuenta. Le pitan. Abre los ojos y arranca. El pitido viene de una furgoneta, que pasa rápido detrás de él. Es de Frigo y va cargada de helados con prisa.
En la esquina del Dalton´s ya no están las amigas, pero mi autobús espera en el semáforo. Me incorporo. El polo verde de Springfield se me pega a la espalda. Me meto la mano al bolsillo y saco el euro con veinte. Al moverme, el calor se me desprende un poco del cuerpo. La gente sale de sus sombras, saca los bonobús, y atraviesa rápido el sol para subir. Han sido diez, doce minutos de calor en Murcia. Hasta que el sonido de los bonobús ticando el viaje acaba con la sensación de sopor, al entrar al fresco aire del autobús. No hay mucha gente, pero todos parecen descansar, seguros. Me siento hasta mi parada, y de camino, sigo observando el calor, en todas partes. Cuando llueve nos asomamos a la ventana y observamos la lluvia caer. Cuando cae el sol sobre Murcia, hablamos de él, y nos protegemos, pero sin embargo, nunca nos paramos a observar el calor. Vale.
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Foto: Calor en La Redonda
30/06/2009
Abelardo

Abelardo es mi compi de macarrones madrileño. Decir que mi año junto a él de pareja de hecho fue el mejor de mi vida no es un atrevimiento, ni mucho menos, acho, que en nuestra tele se veía la cámara del telefonillo, y sólo con eso ya nos reímos más de mil horas ese año. Nos metimos el Madrid universitario en el bolsillo con receta murcianística, cánticos de los CUCS, vasos en la oreja, achos a grito pelao y semanas enteras de reírnos más que articular palabras. No conozco a nadie que tenga un corazón más grande que el de Abelardo, ni más murciano, que tiene el tío un murcianismo innato que ya quisiera yo para mi, por inconsciente. A Abelardo le sale la generosidad y la sencillez por los poros, a chorros. Es un amigo tan grande que decir que es un colega me sabe a mentira, porque Abe es mucho más que eso. No he visto jamás a nadie que vaya por la vida generando buen rollo con los niveles abelardianos, donde quiera que esté, con quien quiera que se junte, en cualquier sitio, si está él, en 50 metros a la redonda la peña se ríe a carcajadas, se abren cervezas, tiran fuegos artificiales, se canta, hay abrazos y se termina queriéndole tanto que asusta. Qué tío, el Abelardo, acho.
Pues coge el payo y se casa este año. Miravés, el Abelardo. Que además es guapo de los guapos que no es que sepa ser guapo, es que es guapo por condena, el payo, que se pone calcetines blancos con papos de ortopedia y unos vaqueros lavao piedra con una camisa de seda negra y blanca y botones de oro y el payo quedaría niquelao. Pero que terminas preguntándole dónde se ha pillado la camisa. Abelardo es un mito coolhunterístico en potencia, que no se crea nadie que lleva rollo metrosexual, que el Abe lo que lleva es la guapura cosida a su alma natural, que se le sale del cuerpo mirando por esos ojazos azules, como el mar de su Cabo Roig del alma. Se nos casa con Mamen, una princesa toledana que le vio desde el primer día esa inmensidad, y entendió el Abelardo way of life como nadie. Que menudo way of life de despiste a lo más Murcia que tiene desarrollado mi hermano Abe, que si yo soy como Murphy, el de la Ley, él tiene un gen Rompetechos que aún le hace más interesante. Menuda parejica hacen, acho.
No es fácil encontrarse a un tipo así en la vida, que si lo descubren los de donetes lo fichan por un euro más que al Cristiano Ronaldo para hacer el anuncio ese de amigos por todas partes, porque el Abelardo deja huella, y le quieren en toda España: El Acho, El Murciano, El Abelange… le conocen de muchas formas en todos los rincones del país, y de aquí a poco, le conocerán por sus implantes, que además de todo esto es un dentista como la copa de un pino, que nadie se extrañe, que no he visto yo más interés por estudiar y aprender jamás. Porque Abe, en todo lo que hace, pone su corazón gigante. Este finde le llevamos a Mojácar. Juntamos a más de 20 hermanos suyos, y aún faltó alguno, y pasamos 50 horas inolvidables, cantando, bailando, riendo… sobre todo porque allí estaba él, con sus ojos azules y su eterna sonrisa, poniendo su corazón sobre nuestra amistad. Abelardo, sigue siendo feliz, acho, que eres el mejor. Vale.
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Foto: El buen rollo hecho persona, en Mojácar, el sábado pasado
26/06/2009
Michael Jackson

La primera imitación que hice en mi vida fue a Michael Jackson. Aquí donde me veis, acho, hacía el giro cantando Bad! Y lo cerraba con la cogida de huevos y el pelopatrás, todo a una, y no lo hacía mal, a juzgar por cómo se reía la gente… claro, que era un mico, y ya se sabe. Se reían todos menos Aurora, que eso de andar tocándose el paquete no lo parecía muy educativo, y siempre consideró a Michael un maleducado. Yo creo que luego, cuando toda la movida de los niños y los malos rollos ella siempre pensó que ya lo decía ella. A mi me daba un poco de repelús, esa es la verdad. Ni la estética, ni el pelico ese, ni el tema de Wonderland me inspiraban a mi mucha confianza. No veía yo trigo limpio, pero acho, sí que tuve una época de su música. Para mi el auténtico temazo de Michael es Bad!, de largo, y el video, tela marinera. Dirty Diana, Thriller, por supuesto… enormes temazos, y luego, el Heal the World, acho, muy pasteloso, pero que anda que no se clava, que ha sido la noticia y ha desbancado de mi psique al titi ro ti de Fanta sabe total.
Habrá muerto de todo, acho, que con tanta operación y los rollos que llevaría de sangres y medicamentos, que debían de ser mininos, más de uno habrá dicho nada más saberse lo de su muerte que no le extraña. Sí, así, aventurándonos a todo. Na bueno. – Si es que no se puede… Aquí en la huerta habrá dolido, que la gente con las muertes estas magnánimas llora por dentro y en tierra de generosidad, aún más, y uno empieza a recordar cosas. Yo me he acordado de mi disco Bad! Y que empecé a pintar graffitis por aquel video, y por aquellas letras rojas en spray. Y me he acordado de la discoteca del Casino, en La Manga, bailando con los pasospatrás en plan semibreak dance, mientras sonaba Dirty Diana, y en el campamento de Cazorla, cuando tocaba discoteca.
Fui al estreno a ver Moonwalker. Tuve varios discos. Grabé cintas suyas. Le imitaba. Dejaba sus videos en la MTV cuando los pillaba zappeando. Me apenó su malrollismo. Siempre pensé que Janet no tenía talento, pero más cabeza, y ahora ando por youtube viendo videos de los Jackson Five, porque da la sensación que sólo cuando Michael era un niño era verdaderamente quien quería ser. Lo que vivió después, la cárcel de su aspecto, la turbidez de sus excéntricas ideas, el icono Jackson, yo creo que sólo sobrevivió por su música, con lo difícil que es eso, y si no miradle a la cara más de diez segundos seguidos. Así que hoy suspiro por el adiós a Michael Jackson, me quedo con su música, y con cualquiera de las sonrisas que repartió con sus hermanos, cuando aún era él, Michael Jackson, el niño rey del pop. Descanse en paz. Vale.
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Foto: Bad!
25/06/2009
Cala Varques

Cala Varques es un trocito de paraíso, al que se llega de repente, a través de un bosquecillo espeso, arenoso, con hojas de pinos secas sobre la fina arena blanca y sombras frías que apenas dejan pasar rayos sueltos de sol Mediterráneo. Cuando olvidas que estás siguiendo un sendero que terminará en el mar verde blanquecino de Mallorca, la isla te posee en aquel rinconcito único, y la hora corta de camino se hace atemporal, entre enormes pinos ancianos, y el cuchicheo monótono del viento sobre las ramas, que parece que la isla desvencija por todas partes, meciéndote hasta que uno anda acompasado con la brisa única, en el corazón del Mar Mediterráneo. Las rocas dejan una apertura amplia, entre arbustos y troncos viejos, que parecen colocados estratégicamente. La arena, fría en el camino, hace que cada varios pasos un escalofrío suba por el tobillo despacio. Se escucha una chicharra, lejana, a ratos, y cuando todo se vuelve onírico, y se experimenta una sensación de luz absoluta, comienza a escucharse la caricia del mar sobre una pequeña lengua de arena transparente.
El sendero se acorta, y se abren los pinos, que se agarran a las rocas, y buscan el sol hacia la pequeña calita, justo cuando la luz ciega los sentidos, y se eriza todo el cuerpo al pasar del frescor de la brisa y la arena, al calor del mar, que no pica, pero ciega. Si cierras los ojos el sonido de las olas mínimas adentrándose en la arena, brillando únicas, se escucha desde el alma, y sustituye al seseo del viento sobre las ramas de los árboles, en el camino, que ya queda atrás. Una media luna de arena blanca, que parece oro fino, se abre entre dos cabos de roca blanca, castigada por temporales, suavizada por las caricias de siglos y siglos, donde el Mediterráneo ideó un capricho único, que sigue construyendo, lentamente. El color del mar es nuevo. Ni verde, ni blanco, ni azul, y los tres se ven, quietos, entre los besitos que el sol deja en cada crestilla que forma el mismo viento que luego va a parar a los pinos, que parecen ser los guardianes de esa maravilla del mundo.
La isla parece recostarse sobre Cala Varques, en una esquinita guarecida por los elementos. La primera imagen es inolvidable. Pero dejar el peso, acercarse a la orilla, y dejarse engullir por esas aguas, poco a poco, hasta sumergirse y nadar hacia el infinito es cruel, por no poder experimentar más veces esa hecatombe de sensaciones. Recuerdo que nos tumbamos en la orilla, que las olitas nos hacían arena, y reposando el camino, nos comimos unos melocotones aderezados con el sabor del mar, mientras el sol de mediodía en la isla de Mallorca nos mantenía sobre aquellas aguas ingrávidas, mirando al horizonte azul, después de verde y blanco, con los pinos y dos brazos de roca abrazándonos, no sentimos nada más que el latir más puro y diáfano del espíritu del Mar Mediterráneo, en Cala Varques, el instante platónico que desde aquel día da nombre a mi verano idílico. Aquello era descanso. Puro descanso. Vale.
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Foto: Cala Varques, uno de mis sitios inolvidables
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PD: A Sans, y Angel
24/06/2009
Puertas

Acho, ¿y lo de las puertas correderas? De un tiempo a esta parte los mecanismos de las puertas automáticas vienen fallando, así, a nivel global, y como por un virus universal que les ataca directamente. Ahora es raro no tener que frenarse y mirar así como un gilipuertas, y nunca mejor dicho, buscando el sensor para que se abran las puertas de cristalico. Se ve que con el tiempo el máquino puertil se agota de ese curro diario que debe ser abrirse en canal cada vez que sientan la presencia de un ser vivo, u objeto lo suficientemente grande… porque acho, yo que soy rarico para esas pequeñas cosas de la tecnología que nos rodea, siempre me he preguntado ¿hasta qué tamaño estará pensado el sistema de abrir las puertas? ¿Se le abre a un perro? ¿A un escarabajo? Ahí, el ingeniero que inventó las puertas automáticas debió tener una duda existencial preciosa… igual a un payuelo de 1,50 metros no se le abre una corredera, que menuda discriminación, acho.
Digo que llevo un tiempo teniendo que frenarme, acho, y eso antes no pasaba. Pero es que hay algunas puertas que hay que pararse y estudiar la estrategia para afrontar la entrada, y eso, acho, no puede ser, hombre. Si encima empiezan a fallar… igual es por la crisis, o porque la electricidad llega ahora con menos fuerza, por eso de que hay quien no paga, y las puertecicas se abren como con desgana, que más de uno se ha dado trompazo porque le pudo la confianza y las puertas no se abrieron a tiempo. Cosas de la crisis global, la económica, y la de la tecnología, en ese ir patrás constante en todas estas cosicas de la técnica. Con lo señoriales que eran, y son, que se mantienen en muchos hoteles, las puertazas esas que dan giros sobre sí mismas, aunque para entrar por ellas así, sin pensárselo, hay que tener entre 4 y 7 años. De zagalico te metías sin pensar y a correr dando vueltas hasta que salías despedido, fuera o dentro, que eso era lo de menos… Ahora tengo que contar hasta tres, o hasta seis, antes de meterme en una de esas, y si llevo maleta igual paso media hora estudiando los tiempos, que he perdido reflejos. Una de las grandes pesadillas de la vida es quedarse encerrado en una puerta de tres espacios en un bucle eterno, como un hampster, y que la gente se te quede mirando por los cristales, señalándote, mientas sudas.
Ahora se llevan mucho también las puertas esas de fábrica, que se abren presionando una barra horizontal, que las ponen hasta en los aseos de los bares, acho. Digo se abren presionando por decir algo, porque lo normal es presionar la barrica y echar todo el peso del cuerpo sobre la puerta, pero no lograr nada más que un quiero y no puedo, que a la tercera, y después de un aspaviento, igual se abre la puerta. Ahora, prefiero estas de barra, que sabes a qué te enfrentas, que las correderas automáticas, que como sigan en la progresión de lentitud a la que están abocadas vamos a terminar por cerrar los ojos y santiguarnos antes de cada paso, o ir tirando cuerdas al otro lado cuando alguno pase delante de nosotros, que hay algunas que para cerrarse recuperan la velocidad original, y si te pilla en medio puede hacerte un destrozo, acho, que no es ninguna broma. El otro día me encontré con una puerta automática, corredera, giratoria y acristalada. Acho… Me di la vuelta y me fui. Que entrar ahí era más inseguro que hacer puenting con el Botones Sacarino, y además, si entraba, luego había que salir. ¿Se te cierran las puertas? Vale.
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Foto: ¿No sería más fácil una puertecica normal?
21/06/2009
La Mosca

Esta ha sido la semana de la mosca, acho. Menos mal que fue Obama el que la mató, que si llega a ser el Bush se podría haber montado una buena. Y eso que aunque fuera Obamica el asesino de moscas salieron los defensores de los animales a protestar, que le han enviado un matamoscas al Obama y to. Acontecimiento planetario el de la mosca, de los bonitos. Porque anda que no se pueden hacer metáforas con la cosa. Como chorizos, acho. El hombre más poderoso del mundo matando una mosca, y jactándose de ello… Pero a mí lo que me impactó fue la técnica Obamera para la caza de la mosca. Acho, me pareció burdísima, qué quieres que te diga. Aquí somos más finos en el arte de cazar moscas, bien entrenado en aquellas clases de tres a cuatro de la tarde en el colegio, cuando cada cinco minutos una mosca se posaba en la esquina del pupitre verde, y el reto amenizaba la lección. La leyenda dice que había quien sabía colgarle un letrero a la mosca con un pelo y que luego volaba como los aviones de la playa por la clase, con el mote del profesor enganchado como cartel anunciador. Verlo, yo nunca lo he visto, acho. Lo que sí he visto es a auténticos cirujanos recreriles desalar a las moscas con un lápiz afilado, y convertir una mosca en hormiga.
La técnica murcianística se diferencia de la obamera en que se salva la vida a la mosca, y una vez la tienes presa, puedes elegir. Cuando la mosca se para quieta hay que colocar la manico así abierta a unos 15 centímetros, e ir acercándola poco a poco a la mosca, con paciencia. Como el guepardo cuando da pasos sigiloso bajo los matorrales, acechando a la gacela. Una vez que la mosca está a tiro de brazo hay que asestar el movimiento definitivo, que requiere velocidad, precisión y concentración máxima. El movimiento del brazo debe elevar la mano levemente hacia la trayectoria que uno suponga que seguirá la mosca en su huida, y a la vez, se recoge la mano en forma de puño para atrapar al moscardo. Es como un fiiiiiuuuup! Así hacia arriba, que perfeccionado, ofrece unos resultados superiores al 50 por ciento de éxito. Cuando la coges, la mosca no muere nunca. El siguiente gesto es ponerse el puño cerrado junto a la oreja y escuchar el aleteo de las alas. Una vez comprobada la caza, el cazador decide, según circunstancias. Hay quien lanza con fuerza la presa contra una pared, y hay quien se acerca a una ventana y la suelta. Yo suelo liberarlas, acho, que se siente uno mejor, esa es la verdad.
Que si, que yo he cazado moscas a porrillo. No sólo en clase, que de vez en cuando se cuela una en el coche, o en la cocina, y hay que ponerse a ello. Que lo que le pasó a Obama es un mito periodístico. Siempre hay una mosca en las entrevistas, acho, y suele ser cojonera, de la que hace más ruido que un motopico. Porque mira que hay también moscas, y moscas. De vez en cuando se encuentra uno con lo que yo llamo la mosca de los Pirineos. Una mosca que no huye, acho. Que acercas así los dedicos en forma de pinza, y la paya se queda estatua. Pero bueno, aunque somos más finos cazando moscas, lo que más somos es tolerantes, que mira que tenemos aquí resol y piscinas para que vengan las moscas, y convivimos con ellas con cierto respeto mutuo desde hace siglos. Desde lo de Obama, para las entrevistas, además de grabadora, libretica y boli, un medio limón con clavo como los que ponen todos los años en el paso de la última cena en Viernes Santo, y así evitamos asesinatos metafóricos planetarios. Vale.
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Foto: Obama, con un matamoscas en el Museo de Cera de Londres
18/06/2009
Cañas Antiestrés

Acho, qué alegrías se coge uno cuando se entera de iniciativas realmente provechosas para la pesca. Lo que he leído hoy que hace un bar en Cullera es para cogerse el coche y salir pitando allí a pasar la mañana de cañicas, que íbamos a volver relucientes de alma, acho. Y es que están de moda las soluciones antiestrés, por la crisis y eso, que ayer mismo me regalaron un corazón de esos para apretar. Si de lo malo, lo peor de los últimos tiempos fue la decisión aún incomprensible de Pizza Hut de retirar de su carta la Sicilian Pizza, de lo bueno, lo mejor, es lo que han hecho los iluminados de un bar en Cullera, aquí a dos pasos, acho. Para afrontar la crisis han decidido exigir a los clientes que les insulten a base de bien cuando pidan una caña. Ojo, que la cosa no es fácil, porque se pueden cruzar los cables en cualquier momento, que no creo yo que los camaretas estén exentos de la susodicha crisis mundial para estar aguantando indefinidamente eso de: - Oye tú, cacho mierda, ponme una cañica. A la décima tiene que prender la mecha, y que la cosa se tuerza. No me digan ustedes que no es una maravilla. – Oye, mecagoentuputamadre, una caña.
Pero ojo, no vamos a ponernos exquisitos con la medida más ingeniosa y eficaz contra la crisis que he visto en estos dos últimos años de colas en el Inem, que como se corra la voz, verás tú las colas en la barra del bar, que además, si el insulto es gracioso la cañaca le sale gratis a uno. Que en dos días lo está presentando Obama como medida global para los McDonald´s. En serio, que cosa más pensada y española, a la vez, no he visto yo desde que nací, y son 32 palos de ver muchas barras. – Marica, ponme un tercio. Según voy pensándolo, más ganas de cogerme el coche y salir zumbando, no sólo por desahogarme yo, si no por ver el cotarro que se debe estar montando, que los asiduos a esa barra igual están viviendo el cielo en la tierra estos días viendo como entra la pesca al bar a decirle a sus compadres de toda la vida que son unos buenos hijos de puta. – Oye, tú pedazo de cerdo, échame otra. Sólo atisbar la infinidad de posibilidades que esto plantea es regocijante.
Yo creo que a la tercera caña la cosa empezará a rozar niveles de guionista gafapastoso, que por ahí debe andar el tope, y a la quinta cualquier previsión se quedará corta, que ahí puede ser uno de los únicos sitios en el que se pueda contemplar como Dios nos lo dio, el más puro ingenio españolístico. A todo esto, suponiendo que los camaretas sean normalicos, pero dale que sean tipo Murcia en los noventa, con la rapidez mental que se estilaba cuando no había crisis, que te doblaban un chiste en cinco golpes de reirse con el píloro en un segundo y sólo te quedaba rendirte ante su genial velocidad mental. – Oye, tu, si, si, tu, cabrón, ¿sabes ya quién es tu puta madre? ¿No? Pues ponme otra cañica mientras lo piensas, pedazo de mierda. Pasada la quinta ronda espero que hayan previsto una patrulla de la Guardia Civil que se turne y vaya de paisano, porque con tanto insulto de partida, en la fase de la borrachera en la que se insulta a la autoridad las cosas se iban a poner feas. Yo me imagino a los camareros poniéndolas y asintiendo así, como diciendo que sí, que mientras dure la promo ahí estarán, pero entredientes, rechinando: - Ya pasará la puta crisis esta, que os vais a enterar… ¿Nos vamos para Cullera? Vale.
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Foto: Ayer me regalaron un corazón antiestrés
17/06/2009
Lo del Eneldo

Con el tiempo casi he conseguido dominar los cabreicos fulgurantes, esos que te suben desde el píloro hacia los ojos como si fueran un cohete de furia que hincha las venas del cuello, y que, normalmente, en mi caso, suelen desencadenar pequeñas chorradas que me río yo de Murphy y de toda su familia, porque si hay alguien marcado por el cabreico en el mundo, acho, ese es un servidor. Si fue primero la ansiedad o el cabreico es una cuestión que podríamos discutir durante siglos, sin llegar a un punto de encuentro. Porque los que me conocen dirán, con los ojos así entrecerrados a lo Homer cuando se pone interesante, mirando por encima de las gafas, y con la mayor condescendencia del mundo reunida en una frase, que los cabreicos son consecuencia de mi ansiedad patológica, y que incluso, que me pasen esas cosas pequeñas que prenden el cohete, es culpa de mi ansiedad vital perenne. Claro, es que ellos no están a mi lado cuando me ocurren esas cosicas, y lo fácil es no aceptar que por destino a un payico de Murcia le ha tocado el pato, así, porque sí.
Puse las dos rodajas de salmón fresco desespinado en el centro de la sartén, con una gotica de aceite y una pizca de sal. Primero, por el lado con piel, a fuego medio. Esperé prudente a que se calentara lo suficiente, para que no se me pegara, como otras veces. Utilicé la espumadera fina, que podía meter fácilmente bajo los fileticos, y enchufé el ventilador para evitar que se ahumara toda la cocina. No tenía hambre de cernícalo, así que seguí todos los pasos para evitar cabreicos innecesarios en días de estrés. Pero acho, se me escapó el control de una cosa. Sólo de una cosa, y por ahí entró Murphy, hasta el tuétano. Como todo iba divino, y el salmón estaba cogiendo un punto de color al que habría que bautizar como sabroso para hacerle justicia, quise rizar el rizo, y ensimismado por el buen transcurrir de los hechos, y seguro de mí mismo dado el estupendo trabajo anticabreico llevado a la práctica, decidí especiar el salmón con un toque de eneldo, que al salmón le va que ni pintado.
Salivé. Me gusté. Se activó, un poco, todo hay que decirlo, el hambruna cernícala, y a la vez, los niveles de ansiedad subieron un punto. Abrí la caja de las especias, bajé un punto la vitro, cogí el eneldo, lo abrí con cuidado levantando la tapita que deja pasar la especia por unos agujeritos pequeñicos en forma de círculo, y a 15 centímetros de la sartén asesté un golpecito de muñeca sutil para dejar caer sobre ambos filetes una cortina de eneldo superior para rematar aquel manjar de sabroso salmón fresco. Ahí estaba esperando el espíritu de Murphy. Vio el hueco, y prendió en un segundo, mechero en mano, la mecha del cohete. La tapa verde del eneldo se desprendió como si no tuviera ningún tipo de sujeción, y miles, cientos de miles, millones diría yo, de hojicas finas de eneldo verde que te quiero verde cubrieron en forma de Fujiyama los dos filetes de salmón. Mi desarrolladísimo reflejo antimurphy estaba adormilado. Reaccioné tardísimo. Cuando miré el tarro quedaban 17 hojicas de eneldo en el interior del bote. Ya no se oía el crujir del salmón, ni se veía aquel color sabroso. El eneldo se quemaba sobre la sartén sin aceite, y cuando reduje el Fujiyama con la espumadera para desenterrar los filetes, descubrí dos trozos negros de carbón humeante con olor a incienso quemado de más.
Apagué el fuego. Me senté en la silla de la cocina y noté como el cohete subía por el esófago, despacio, cargado de nitrato, hinchando la aorta… Pero cerré la boca, apreté un poco el puño, guiñe dos veces muy rápido el ojo izquierdo, y cogí aire. Sentí eso que se siente cuando uno no bosteza y el bostezo vuelve a los pulmones, pero multiplicado por mil. Suspiré, y me sentí mejor. Allí estaba, con Murphy sentado a mi lado apretando los labios y asintiendo con la cabeza. Como diciendo… - Yo también pase por esto. A mi también me pasó lo del eneldo. Limpié con un cuchillo la capa negra de eneldo quemado. Gasté dos limones en aliñar el salmón, y me lo comí con un vaso de Marina Alta más frío que la vida. Una vez más, vencí al cabreico, con resignación murphiana... aunque varias pregunta atormentan mi mente: ¿Por qué yo? ¿A alguien más le pasan estas cosas? ¿Por qué no pude disfrutar aquel salmón? Vale.
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Foto: Tarrico de Eneldo
14/06/2009
Birlochas

El zagalico disfrutaba como si aquello fuera un milagro. Su padre le enseñaba con mimo cómo hacer piruetas con la cometa, y él las aprendía enseguida. Hacía girar la cometa, que caía unos metros, y luego remontaba el vuelo, soltando cuerda rápido para que subiera con el impulso del viento, y de la pirueta, y miraba a su padre con una satisfacción absoluta. Desde el balcón de mi casa me entraron unas ganas locas de volar cometas, como en tiempos. Ya no se ve mucho, y aún cuando yo era un niño, las volábamos en la playa. Enseguida recordé uno de los pasajes que más me llamó la atención del imprescindible relato de Jinojito El Lila, del Maestro Jaime Campmany, en el que Jinojito cuenta como los zagalicos de Murcia se reunían antes de las lluvias de primavera en la Plaza del Ensanche a hacer competiciones de birlochas. Menuda se la tenían que pasar los zagales, entre la temporada de boliches y peonzas, con una temporada de birlochas, nada menos.
Las birlochas eran cometas hechas a mano. Inventadas por los propios zagales, con palicos y cañicas, y colas de trapo. Allí se juntaban de varios institutos, según dice Jinojito, y echaban las birlochas a competir. La cosa era que ganaba la que más subía, y más rápido, y luego bajaba, claro. No sé yo si sería capaz ahora mismo, y así a la mecagüen, de idear una birlocha que subiera ni un metro, pero se ve que los zagales de la época, aún sin estudiar ingeniería, se las apañaban a gustico. Será que ahora en vez de quedar en la plaza quedan en un cibercafé para echarse unas partidas a la Play, o ni salen de su salón. Lo único que tienen en común las birlochas y los videojuegos es que los mejores los hacen en China, acho, qué cosas. Birlochas, qué palabro más bonico además, ¿Qué no? Habría que mirarse poner una Plaza de las Birlochas por ahí, donde sea que las volaban, que quedaría murcianístico y precioso, acho. ¿Habrá por ahí quien guarde birlochas de aquellos tiempos? Porque sería maravilloso ver algunas de ellas, y conocer la técnica que tenían los zagalicos.
Por esas cosas que llamamos en achopijo el fenomenazo, y que viene a ser la demostración de que el destino es algo que alguien parece manejar desde allí arriba para las pequeñas cosas de la vida, al día siguiente un telediario, en uno de esos fenómenos de convergencia, cerró con una imagen de la playa de la Malvarrosa, en Valencia, llena de cometas impresionantes y decenas de niños con sus padres con el mismo gesto del zagal de la playa en La Manga que vi desde mi balcón, el día anterior. Se ve que un día al año se juntan allí para volar cometas, y traen auténticas obras de ingeniería china cometil.
El viento en La Manga se ha convertido en parte del paraíso de los dos mares. Es un lujo para los surfistas, los del kite, la vela... En las horas centrales del día, sea lebeche o levante, siempre hay viento. Si quieren ver esa cara de entusiasmo, y hacer algo diferente, que seguro que les hace recordar otros tiempos, hoy les animo a volar birlochas, o cometas, como prefieran, que a mí me arregló el día ventoso ver a aquel zagal soltar hilo emocionado, y a la vez, imaginarme cómo serían aquellas competiciones de birlochas en Murcia, con Jinojito y sus amigos. Vale.
Foto: Cometas en Valencia

