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Artur Pairot

Jugábamos en el mismo puesto en el equipo del Trofeo Rector. Dos nueves de similares características técnicas, aunque él era más rápido, y muy del Barça. Tenía un marcado acento catalán, afilado por un deje navarro de la calle, de bar de barrio nuevo, que le permitía pamplonear como uno más con una soltura inusitada. Iba por la vida riéndose un poco de todo, aunque algunas cosas no tuvieran gracia, porque Artur era sobre todo, disidente de la banalidad. No nos parecíamos casi en nada, pero cuando estábamos juntos éramos uno solo. En poco tiempo alcanzamos esa complicidad absoluta que sólo puedes tener con pocos amigos durante una etapa de tu vida, y que permite luego que siempre que te vuelves a ver sientas que no ha pasado el tiempo. Pensábamos las mismas cosas sin tener que hablar.

Artur Pairot era uno de esos periodistas en ciernes que utilizaba el instinto crítico para todo, especialmente en las conversaciones insulsas, donde se desenvolvía como un maestro. Fue un Évole de la vida universitaria muchos años antes. Los pocos días que no íbamos a Los Portales a quemar las noches de los años inolvidables, solíamos quedarnos en el salón del piso con la tele encendida, en auténticas sesiones de surrealismo forzado. Pasados meses, Artur recordaba exactamente las conversaciones que habíamos tenido, y que le habían inspirado. Un día me dijo que escribiría todo aquello en un manual del surrealismo y que seríamos la Escuela del Piso, una corriente literaria entre el dadaísmo, el surrealismo y el buen rollo.

De vez en cuando Artur aparece en mis sueños. Está sentado en su sillón del piso, y se parte el culo a carcajadas, como solía hacer, por cualquier cosa. Con su camiseta fea y su perilla extraña, se sirve cerveza con exquisito cuidado, y saca cualquier tema para que hablemos las horas que hagan falta. Fue mi mejor amigo muchas semanas de aquellos años. Otro día le prometí que escribiría una columna hablando de los pardieces, una de nuestras tonterías habituales. Los pardieces eran mascotas con forma de mano, que correteaban por el techo. He tardado unos años, pero aquí está escrito, Artur.

Cuando se recluyó en su casa y dejamos de verle pensé que sería una etapa más dentro del desarrollo de aquella personalidad huracanada, imprevisible, arrolladora. A veces podía ver en sus ojos cómo su cabeza estallaba en ideas, pensamientos, dolores, alegrías y falta de certezas. Nuestra mente tiende a desdibujar el dolor de la muerte. Para mi Artur se fue a seguir  mirándolo todo desde aquel sitio donde muchas veces te dejaba descolocado, como si él supiera algo que nadie más sabría nunca, y nos dejó a quienes compartimos con él algunos de los mejores ratos de nuestra vida, un legado impagable. Hoy, media vida después de aquello, lo agradezco de alguna forma con estas letras, que dedico a Madriles, Marcos y El Piso, con cariño especial. Vale.

31/03/2014 09:38 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Quitapesares

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Un buen amigo iba al Quitapesares la víspera de los exámenes. Al atardecer, una vez cerrados los libros y los apuntes, cuando decíamos aquello de que la suerte estaba echada, al menos los que no estudiaban la noche y madrugada anterior a la prueba, subía al monte en su bici y se quedaba allí hasta que se iba el sol, contemplando la inmensidad del horizonte de Murcia, y cómo se iban encendiendo lucecicas desde el Cristo de Monteagudo hasta Carrascoy. No le iba nada mal aquello de quitarse pesambres antes de los exámenes.

En la falda de la montaña, subiendo al Santuario de la Fuensanta, imagino unas letras a lo Hollywood, visibles desde la autovía, y casi desde toda la ciudad: Quitapesares. Murcia desde allí es muy angelina. Igual que lo son las viejas carreteras de Alcantarilla y El Palmar, y sus cruces con semáforos. Murcia es extensa, unas siete veces más que el municipio de Valencia, por ejemplo, lo que nos deja una densidad de población muy baja con respecto a otras grandes áreas metropolitanas, pero una ciudad esparcida que parece no tener principio ni final, cuando la tienes a tus pies, arriba, en el Quitapesares. Quien no ha recordado escenas de películas con una puesta de sol en nuestra colina sagrada, incluidos los Simpsons.

El otro día subimos a cerrar el día, y me acordé de mi amigo y sus exámenes. Una neblina de polución, como la que ha sido noticia en Europa estos días pasados, cubría el valle. El bar estaba lleno. En todas las mesas ocurría lo mismo. A ratos, silencio. Y una mirada al horizonte dibujaban sobre el cielo esa sensación de sosiego que ofrece la amplitud del aire libre, esa misma sensación que da nombre murciano al lugar, en un alarde toponímico sin parangón en esta tierra, que debía salir en todas las guías turísticas que hablen de Murcia.

Abrieron el toldo, y los camareros se arremolinaron junto a una de las barras del bar. Tortilla, boquerones, patatas fritas, croquetas, chupitos de cerveza… Un descanso merecido para saciar el hambre de todo un día de curre, justo cuando empezaba a iluminarse la ciudad, y el Quitapesares alcanza el punto álgido. Allí estaban, compartiendo condumio, con gesto de cansancio, pero con la satisfacción del deber cumplido, dejándole a la inercia del ocaso el empujón final del día en la terraza, como un batallón de depositarios de pesares. Hollywood mola, pero sólo significa bosque de acebo. Quitapesares no molará tanto, pero no creo que haya muchas palabras en cualquier idioma con una semántica más bonita. Y como siempre que bajó de allí, lo hice pensando que hay que subir más al Quitapesares. Vale.

Foto: Atardecer en el Quitapesares (marzo, 2014)

24/03/2014 11:21 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

Bares en extinción

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En mi sueño doblo la esquina de la Calle del Pilar, a buen ritmo. Al trote maristero aprendido en mis años mozos de amigo de maristeros, con la boca hecha agüica pensando en el bacalao celestial. La gente se agolpa junto a San Antolín. Al pasar la calle Vidrieros noto algo extraño, pero no puedo imaginar qué es. Me introduzco en la penumbra de la calle Angustias a mediodía, bajo el fresquico antiguo de esas calles de Murcia en las que no ha dado el sol en siglos, que huelen a humedades barrocas, y en las que el misterio desvencija las esquinas. Y entonces, todo se emborrona. Siento un mareo profundo, como si fuera a caerme al vacío, y la pesadilla se hace negra y dura como la vida misma. Levanto la cabeza abriéndome paso entre la multitud, con ganas de saludar a mis compadres de Lunes Santo, con el ponmeunvermú en el hipotálamo, y lo veo. No puede ser. ‘Gastrobar Luis de Rosario’, en letras góticas, con una marca de cerveza acuosa como patrocinadora del letrero. Y entonces quiero gritar y no puedo, y grito, sudo y un enorme agujero me traga llevándome a un mundo de vacío rodeado por el eco de mis quejidos viscerales… Hasta mi cama, donde reboto y me despierto empapado.

Una pesadilla de las duras. La invasión de los cuadraos (restaurantes modernen con platos cuadrados), mediada la primera década del siglo XXI, ha derivado en la explosión de los gastrobares de tostas y quesos, maridajes, primos y atrevimientos varios, contra los que, dicho queda, no tenga nada. Bienvenido todo lo que sea innovar en la cocina, que soy defensor. Pero hay momentos en los que uno sufre, porque una cosa, por favor, no puede quitar la poquica que nos queda de auténticos santuarios, esos lugares a los que podemos seguir llamando ‘Bar’ o ‘Taberna’.

 Y es que ya no quedan sitios con vermú casero en Murcia, pijo. Que cada vez vemos menos bolitos a medio gas, como mandan los cánones, y como los ponían en la mismísima casa de la Estrella Levante. El otro día cumplí un sueño adentrándome en sus entrañas, y me quedé con que en su bareto, los bolitos, se sirven sin miedo, pero a medio llenar y con mucha espuma, para trago murciano. Que aquí debíamos pagar las tapas ricas y buenas, y los bolitos ir a cuenta, al contrario que en Granada, y salíamos ganando. Bares de barra metálica y aperitivos certeros donde no ha llegado el foie, y los camareros van con camisas blancas con bolsillo y hablan más rápido que escuchan, y se saben un chiste para cada palabra que puedas decir. Bares donde la cuenta se hace a bolígrafo en servilletas, donde todo es amarillo y hay toneles y botellas con etiquetas descoloridas. Bares en los que no pasa el tiempo demasiado, ni en el momento, ni en toda la vida. Gastrobares, sí, pero hagamos una reserva natural de bares de siempre y que no mueran nunca. ¿Un vermú? Vale.

Foto: Cebollica tierna y anchoas, en Luis de Rosario (foto:chupalagamba.es)

17/03/2014 20:34 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

'Selfie'

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Te cruzas con alguien por la calle y ahí está, la palabrica, en la boca de todo el mundo. Ha sido uno de esos memes populares, de los de antes, de los que casi siempre consigue la publicidad, como lo de JASP, el primo de zumosol o el mítico be water, my friend. En una semana, desde los Oscars, lo del selfie nos ha empachado con los mecanismos de la canción del verano. Imaginen a King África gritando con su característico vozarrón Seeeeeeeelfie! Y ya tenemos éxito garantizado. Así que hacerse un selfie ha sido estos días los más del momento, por la tontería, que si algo tienen estos grandes memes sociales es que el ingrediente principal es ése, el chorrismo.

 

Uno de los más rápidos en sacarle partido a lo del selfie fue una de las mentes más brillantes del memismo internáutico patrio, un grande de la memecracia murciana, y de la comunicación, por tanto. Sí, hablo de Superperrete, que se colocó detrás de Bradley Cooper, en uno de los primeros retoques del selfie de los tres millones de retuits. Antes de que los mismísimos Simpsons lo hicieran. Mucho ojo. Luego a ver quien no se ha hecho un selfie esta semana, que levante la mano, que nos lo vamos a creer lo justo. Yo creo que lo que mola del selfie es la palabra, como pasa con casi todo. Una palabra molona hace mucho, que soy defensor del castellano, pero lo de autofoto no mola ni un cuarto que selfie. El salto ha sido que las estrellazas de Hollywood se hayan hecho un selfie, que eso nos ha dado alas, porque las autofotos ya eran cosa del día a día antes de product placement de la gala.

 

Hay muchos tipos de selfies, claro. Un subtipo mítico es el selfie morritos, que es muy de ellas, aunque hay de todo… ¿Quién ha dicho que queda bien poner morritos en las autofotos? Yo soy más de hacerlos desde arriba, que va contra todas las indicaciones profesionales para fotografías, y me molan mucho los selfies colectivos esos desde el suelo en corro, que no salen casi nunca bien. Luego están los espejistas, selfies al espejo, muy de ascensores. De estos el porcentaje de selfies en barbecho es más grande. Si, selfies que nos hacemos y nos quedamos en la carpetica, o destruimos, que una cosa es el selfie a compartir, y otra el que nos guardamos o destruimos. Vaya para cerrar una disculpa por hacerles leer la palabreja unas cuantas veces más. Ya es casi como una mascota, porque eso sí, lo de selfie suena a San Bernardo bonachón que te recibe en casa. En los USA ya tienen un refrán sobre los selfies… A selfie a day keeps the friends away, así que mucho ojo con atosigar. ¿Te has hecho un selfie esta semana? Vale.

 

Foto: El selfie, superperreteado

10/03/2014 14:28 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

Fotoesía

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La paleta de colores la forman los sueños, las ilusiones, las sombras y las luces. Las fotos de hoy son lienzos de realidad para plasmar cómo vemos las cosas, cómo queremos verlas, o cómo no queremos. Lo que hay es sólo un panel que no está en blanco, una ventana de realidad con la que jugar con nuestra mirada, con nuestros estados de ánimo. Aquello que lleva años haciendo magistralmente el magnífico fotógrafo murciano Saturnino Espín lo hacemos ya casi todos, al menos los que usamos Instagram, donde ya hay auténticos genios de la paleta de imágenes y efectos, como Diego Garnés (@diegogarnes), el hombre amarillo, y no se engañen, su paleta de efectos es más amplia que la más variada gama de colores de los spray Montana. Hacemos nuestros pinitos en un mundo que nació hace dos días, pero en el que los genios ya parece que lleven andado un siglo entero.

 

Sin retoques, decimos, cuando queremos darle valor a una fotografía especialmente luminosa. Quizás sea un arcaísmo reciente, otorgar valor, a secas, a esa virginidad de efectos en una fotografía, porque quizás las fotos con efectos son otra cosa, a la que deberíamos darle un nombre… ¿Fotemas? ¿Fotoesía?… no sé. Es evidente, no todas lo serían. Pero cada vez es más fácil distinguir lo que es una foto, de una creación a través de luces y píxeles, por leves que sean las pinceladas. Lo de retocar, se quedó obsoleto si hablamos de fotos exageradamente tratadas. Como suena ya viejo lo del Photoshop y las polémicas por el retoque de imágenes en medios de comunicación, por su esterilidad, allá que vaya quien siga haciéndolo como si no lo hiciera.

 

Amaneceres de ciencia ficción, otoños superconcentrados, fríos estelares, brillos idílicos, sombras oblicuas, colores atosigados… Hay una enorme colección de barrabasadas, como en todo, y de vez en cuando, una obra de arte. No me gusta lo de instagramers, que suena a ejército de liquidadores galácticos. Pero en el canal #igmurcia de la red social de la fotoesía uno puede maravillarse al día con miradas dignas de ser consideradas arte. Trazos de una Murcia que vive en cómo la ven cientos, de una forma radicalmente particular, sin límites para plasmarlo, y están construyendo una ciudad virtual exquisita en La Nube, ese lugar tenebroso en el que está todo flotando, se quiera o no se quiera.

 

La foto de hoy es un sencillo ejemplo. Pasamos el día en las Fuentes del Marqués, y Yadira plasmó así el maravilloso día que hizo en Caravaca de la Cruz. Por cierto, les recomiendo probar la cerveza artesanal en El Molino del Río, donde terminamos de pasar un día espectacular gracias a Eduardo, hijo adoptivo de Caravaca, y a Elena, que hicieron de guías y anfitriones. Habrá que repetir. Vale.

 

Foto: Fuentes del Marqués (Caravaca de la Cruz) (Foto: Yadira)

03/03/2014 09:51 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Lo de la siesta...

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Nada más llegar a la casa de mi familia americana me dijeron dónde estaba el pan de molde, y la crema de cacahuete. Luego ya a las seis de la tarde, nos sentábamos a cenar roastbeef con piña, pizzas o hamburguesas tamaño plato. Claro, al principio pasé hambre, que me daba corte hacerme un sándwich así, por mi cuenta, o coger una manzana si no me la ofrecían. Por allí pasaba el vecino, vestido con la camiseta de los Miami Dolphins, y su gorrica, y se hacía un sándwich de cuatro pisos a mediodía que yo me quedaba patidifuso. Se hacía el sándwich, decía What´s up man! Y se piraba a su casa a comérselo. Y yo muerto de hambre, acho. Había que esperar a la cena.

 

Luego claro, cogí confianza, me hice colega del vecino, y descubrí que allí para hacerse sándwich, comer chocolate o un plato de cereales de plátano y cosas de fresa no había horas. Era como un bonus party de pulsera de hotel de recién casado. Así que a la semana de estar allí, ya casi soñando con el gonna y el wanna, me solté el pelo, y me hacía unos sándwiches con un bacon precocinado, mahonesa, crema de cacahuete, cebolla frita de bote, ketchup y pepinillos que podrían haberme nombrado Master Chef América sin ningún problema. Luego llegaba la hora del roastbeef y las mazorcas de maíz, y terminábamos con tarta, claro que sí.

 

Ya sabía yo que las cenas americanas eran así, el puré de patata, los guisantes, y eso. Y que se cena prontico, y que luego es el prime time en la tele y tal. Pero ojo, que luego a las diez de la noche o así, claro, les entra el hambre viendo una reposición de Hombre rico, hombre pobre, y entonces abren el bonus party y antes de irse a dormir recenan un sándwich de crema de cacahuete. Menudo secreto. Sí, que si un lunch, que si fruta, y cena pronto, que es más saludable… Pero claro, si reponen Hombre rico, hombre pobre, quién no se va a hacer un emparedado… Luego se levantan que es de noche aún, y se hacen unos huevos, o se toman unos cereales, por llamarlo así, que parecen confeti y saben a azúcar con un poco de azúcar. Ah, y le echan sirope de arce a todo lo dulce, y a veces a lo salado. Y los cafés son de litro. Sí, si. De litro. Litronas de café a cualquier hora del bonus party. Luego para cenar beben agua con cubitos. En la recena pega más una Bud.

 

 Así luego vas a Taco Bell a las diez de la mañana y está lleno de gente comiendo tacos y nachos, y hamburguesas, y patatas fritas. Por no hablar del McDonald´s, que allí abren 24 horas, y a cualquier hora hay un tipo de tres por tres comiéndose un Big Mac, que en sus manos parece una aspirina. Pues estos, estos del bonus party y las recenas, los que tienen la plancha encendida 24 horas al día y comen sándwiches de crema de cacahuete como si fueran pipas y fríen huevos con grasa de panceta, son los que nos dicen que ojo con cenar a las diez de la noche, y que de la siesta deberíamos prescindir. Échale ñoras. Vale.

 

Foto: Peter Pan, peanut butter

24/02/2014 10:28 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Kike: 'One Club Man'

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“Toda la vida dedicada a levantar tu empresa… ‘One Club Man’, como dicen los ingleses…”

Mi amigo Charly se refería así a su padre, pocos días después de su muerte, en una emotiva despedida en su blog. No me hizo falta leer mucho más para entender qué quería decir esa frase referida a un padre. Más que una metáfora, y aunque hablara del empeño que dedicó su padre a levantar su empresa, quien está detrás de un calificativo futbolístico así derrocha una serie de valores que son sinónimo de admiración.

One club man. Hombre de un solo club. Una expresión inglesa, una más de esas expresiones que no deberían traducirse nunca, porque el inglés es el lenguaje del fútbol. Se entiende por intuición, con el corazón, ahí donde viven los abrazos por los goles de tu equipo.

Kike García es nuestro One Club Man, con todas las letras. Al menos, hasta esta temporada, y no desde, como algunos podrían decir, confundiendo el éxito con el principio, cuando suele ser el final. Porque un jugador como él no ha variado en absoluto, desde que debutó en las bases del Real Murcia, la forma de llevar el escudo del equipo en su camiseta, y ése es su mayor éxito. Ahora lleva 14 goles, pero esa no es diferencia para entender que Kike ha sido desde el principio un jugador especial para el Real Murcia.

No es fácil olvidar jugadas sueltas, en las que Kike se había abierto un hueco inverosímil, después de forcejear con defensas centrales con diez y doce temporadas en Segunda División a sus espaldas, frente a sus 20 añicos, fajándose, encontrando un lugar por el que no suele colarse nadie, gracias a ese don natural de controlar el balón en posición de disparo que tiene; y después fallar. Por un agarrón a destiempo, un paso demasiado rápido, o la falta de decisión en ese último suspiro que permiten los goles, y contra el que juega la confianza. Y escuchar pitos, y mofas. Pero esto no le frenó nunca. En el siguiente balón que caía en su zona, él repetía, dejándose llevar por el instinto de su fútbol. Y arreciaron las críticas, muchas veces.

Esto del fútbol es largo. Hay domingos y domingos por delante, y con trabajo y sacrificio, siempre llega una oportunidad. Parece que ha pasado mucho tiempo, pero Kike García tiene por delante media carrera como futbolista. Ni la selección española sub 20, ni haber debutado en Segunda, ni sentirse futbolista tan temprano, ni una temporada en blanco pudieron con su temple. Kike ha tenido tanta paciencia consigo mismo, como en cada balón que baja, controla y juega ahora mismo, y los defensas rivales le respetan, y la afición le aplaude cuando falla un balón que se le ha escapado, o que ha querido dominar más allá de los límites de lo posible.

Años de trabajo y una mentalidad propicia. Humildad. Mucha humildad. Son las características del éxito en el fútbol de hoy reunidas en la historia de un jugador de fútbol, Kike García, One Club Man con todos los honores de este Real Murcia en construcción. Sólo tenemos que mirarle para ver qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo. Kike nos ha enseñado el camino para convertir el tesoro que tenemos en él en algo mucho más grande, un Real Murcia grande.

Digo hasta, porque lo más lógico es que la gran máquina del fútbol devore a nuestro One Club Man con facilidad máxima, y a final de temporada veamos las lágrimas de Kike junto a una sincera, no me cabe duda alguna, promesa de volver. Nuestros jugadores de club no van a serlo nunca hasta el final si no nos convertimos en lo que soñamos. Y no hablo de dejar algún día de ser un club vendedor, porque eso es inalcanzable, pero sí podemos llegar a un lugar en el que nuestro One Club Man no se tenga que ir, al menos, aunque sea porque hemos llegado allí con él.

Pase lo que pase hasta el final, Kike marcó un gol en Mendizorroza que cierra un círculo. Un gol por el que ha peleado toda su vida en el Real Murcia. Un gol que salió de sus cualidades futbolísticas más puras, en el desmarque, en el control… y que supuso un paso más en su trayectoria. Kike disparó entre tres defensas, desde fuera del área, buscando el gol, justo en el mismo instante en el que años atrás fallaba, porque en ese momento no había nada más en sus botas que confianza. Una confianza ganada a pulso. Merecida. La que da llevar 13 goles, la que da sentirse un jugador importante en tu club y en la categoría, la que sientes cuando los defensas del rival te respetan y temen, la que se guarda en el corazón cuando tu hinchada te anima cuando fallas, y valora lo que has intentado.

Kike nos está enseñando el camino. Trabajo, sacrificio, paciencia, humildad… y confianza. Por eso Kike seguirá siendo un jugador especial cuando deje de vestir la camiseta del Real Murcia, que será lo lógico, aunque nos quede siempre un resquicio de romanticismo con el que soñar… En el fútbol de hoy, en un equipo como el Real Murcia, Kike debería ser siempre nuestro One Club Man. Vale.

Foto: Kike García, One Club Man (Foto MurciaTodoDeporte)

18/02/2014 13:04 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

E-Bambos

El otro día me llegaron unos bambos que compré por Internet. He comprado camisetas, comida, algo de ropa y lo que más, zapatillas. Bueno, bambos, que nos entendamos. Música y libros también, pero ahí me pasé al online, por comodidad, no porque me guste más, que yo sigo siendo fan del olor del periódico, y del tacto al pasar las hojas, incluso de los cedés, pero reconozco que la inmediatez a veces hay que ponerla por delante de esas cosas tan románticas de siempre. El otro día leí tres o cuatro tuits sobre ‘El Paciente’ (de Juan Gómez Jurado, el Ken Follet español), me picó la curiosidad, y era tan fácil comprárselo, que me lo tragué en dos noches. No creo que me lo hubiera comprado del estante de la librería. Y eso que en libros no hay que escatimar nunca. Pero en romanticismo sólo me queda el fútbol, y ahí ya no creo que pueda cambiar. Es lo que tiene ser del Real Murcia.

Es un alegrón cuando llegan. Tardan dos días, pero mantienes una sensación muy parecida a la que hace referencia nuestro refranero, aquello de ser más feliz que un niño con zapatos nuevos, durante dos días enteros. Mañana llegan los bambos… llegas a pensar antes de darte la vuelta en la cama y domir, el día anterior. Y siempre queda esa intriga por si nos la han metido, o lo que llega no es lo que has visto en la pantallica, que el ramalazo pueblerino de no fiarse de Internet morirá con nosotros, y a mucha honra. Al menos con los de mi generación, la que empezó a comprar por Internet. Para fiarnos estamos. Nos ha jodido. Como si cuando compramos en la tienda y nos dicen que lo que compramos es lo mejor y nos queda como un guante nos lo creyéramos.

Eso sí, esto de la mosca detrás de la oreja es más de nosotros, que ellas en lo de comprar por Internet, como en casi todo lo demás, nos doblaron hace años. En cuanto puse en el grupo de Whatsapp  de los amiguetes que me habían llegado los bambos con su fotico molona, el porcentaje agorero cumplió su cometido: - Seguro que son falsos. No te puedes fiar de Internet… (con enlace a no sé qué reportaje sobre el asunto incluido) Así que ya ni llegándote lo que has pedido te salvas, acho.

 El proceso de compra es más largo, y la decisión más pensada, aunque pueda parecer lo contrario. Ahí ganamos. Los payos de Diadora, que los bambos son Diadora, te van mandando un e mail siguiendo el rastro de tu pedido. Que si sale de la fábrica de Treviso, que si embarca para cruzar el Mediterráneo, que si ya está en tu país, que si están camino de tu casa… y luego ya llaman al timbre. Casi dan ganas de darle un abrazo al mensajero que parece haya cruzado medio mundo mandándote e mails para traerte tus bambicos. O mandarles un e mail a ellos cada vez que te pones los bambos: Familia de Diadora, hoy me he puesto vuestras zapatillas. Hemos ido a la Plaza de las Flores y nos hemos tomado unas marineras. No se han manchado. ¿Compras por Internet? Vale.

17/02/2014 19:55 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Tristesse contemporaine

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De repente, estoy otra vez en el Tanatorio. Hay espacios de soledad gigantescos, cuando te quedas solo unos minutos, después de abrazos, miradas y saludos. Es como asomarse a un precipicio interior, que vas reconociendo, y aunque no deje de ser algo difuso y lejano, merodea. Tiene sentido encontrar un momento al día para sentir felicidad, como este mismo miércoles, cuando Miguelito preguntó si un corazón bien dibujado, “sin salirse”, podría trasplantarse, cuando supo qué era un trasplante. Febrero está siendo de amaneceres muy naranjas. Los estoy fotografiando casi a diario, copiando con descaro la maravillosa tradición del Borsalino en La Manga, que todos los días nos abre una ventana al Mediterráneo cuando sale el sol. Desde El Puntal ya no se ven grúas venir amenazantes, sólo siluetas de palmeras que compiten con el esqueleto del hotel y las dos torres de la zona Norte. Murcia parece haberse batido en retirada, a cambiar de estrategia, y vuelve a cobijarse bajo la sierra.

 

Un amigo de siempre vuelve, y todo es como entonces, pero ahora. Ya no es como antes. Es mejor. Y peor. Otro amigo cambia Miami por Brooklyn. Iremos a verle, claro, igual que cuando no fuimos a Florida… Y otro va a volver a ser padre, como contrapunto a un momento complicado. Nos contamos las vidas en unos cuantos mensajes al día, y se convierten en recuerdos en presente, casi tangibles. Un paseo en solitario y te das cuenta de que no estás persiguiendo a tu sombra díscola. Es lo que toca. Aunque todo está empañado por una niebla tensa, como punzante, un manto de suspiros inacabados. Me pidieron una canción, y dije ‘Diez años después’ de Calamaro. Mejor dormir que soñar… nunca estuve de acuerdo, pero me gustaba esa frase, sin haberla sentido nunca.

 

Marta Ferrero escribe sobre los cuarenta en su fantástico blog, y siento lo contrario a la nostalgia. Una manzana a mediodía, leer los sábados hasta quedarse dormido en el sofá, esperar con nervios el cuento diario, la sonrisa de Lucas al volver a casa, levantarse y pisar una pieza de Lego. No son sueños, son los días. Y ahí fuera, lo que hay es una tristeza contemporánea que se confunde con el paso del tiempo, a quienes ya nos ha relevado una segunda generación. Les escuché en Radio 3: Tristesse Contemporaine, mi última adquisición online. Electropop dandy, lo calificó mi entendido musical de cabecera (Le Mans Dj) y le pusieron nombre, y música, a esa sensación agria que nos rodea en este tiempo. Y aunque pueda parecer lo contrario, en esa tristeza, diez años después, aunque no haya sueños, veo eso, lo contrario a la nostalgia, que bien podría ser esperanza. ¿Mejor ser que soñar? Vale.

 

Foto: Uno de los amaneceres desde el Borsalino (La Manga)

10/02/2014 10:39 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La herencia de Zapatones

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El punto más alto al que llegó la Selección fue en aquellos Cuartos de final contra Italia, en la Eurocopa de Luis. Recuerdo el grito del gol de Cesc. Salió ahogado del interior del alma, salió rompiendo tópicos que habían sido muchos años obstáculos gigantes, salió limpiando por completo ése fútbol mental donde se juegan partidos inmateriales, salió con una fuerza que unió a millones en confianza, salió al mundo como un nacimiento colectivo contra nosotros mismos. Aquel gol fue la cúspide. España acababa de ganarse a sí misma. Días después, cuando empezó la semifinal, la sensación era extraña. El éxtasis no fue a más. Era como transitar un estado idílico del fútbol en el que nos sentíamos asombrosamente cómodos, y nos cercioramos de aquello en lo que siempre habíamos querido creer, sin poder hacerlo: éramos buenos. El éxtasis no volvió a ser el mismo, al menos hasta que vimos a Iker levantar la Copa de Europa, como decía El Sabio… La Copa de Europa.

En eso Luis Aragonés tenía España metida en el tuétano. La España del carajillo, la del día a día, la de las barras de los bares en el almuerzo, la del tipo que no elige corbatas, porque no le importa demasiado. La mala leche de Zapatones (tenía apodo de peluche) era una mala leche de malo de Toy Story que luego termina siendo el bueno más bueno de la historia. Esa mala leche española que tira de humor, de ironía y de un respeto máximo por los demás, aunque pueda parecer lo contrario. Hay pocos, muy pocos, que tienen esa capacidad para pillarte siempre desprevenido, rozar la línea de la falta, y rehacerse simplemente con una mirada por encima de las gafas o una sonrisa, con la que ganarte para siempre su respeto, y un cariño sostenido, que luego se alimenta con detalles que se agigantan, contra esa maraña de rudeza.

Luis era de esos. No hacía falta conocerle. Sólo ver cómo hablaba de usté (sin ‘d’ al final) a los jugadores te daba casi todas las pautas. Aragonés era paradigma de ese usté que clavaba, y que podía entenderse a la par como despreciativo, intimidatorio, respetuoso y en clave de humor, hasta cariñoso, en el que se sentía cómodo para aleccionar. Un usté que iba generando ese respeto sostenido, que después, en un gesto agradable, afloraba sacando lo mejor de cada uno. Creo que Luis fue un motivador sublime. Y lo fue a la española.

Pero antes que motivador, lo que más fue es valiente. Poner a los que son mejores no es fácil, y menos en España. Los equipos de juveniles están repletos de jugadorazos en los banquillos. Luis lo hizo mirando por encima de las gafas a la prensa, y balbuceando truenos y centellas. Otro sin esa armadura quizás no hubiera podido hacerlo. Pero no sólo puso a los mejores. Los puso y les convenció de que ellos eran los mejores, llamándoles de usté, y mirándoles al corazón.

Siempre respeté las explicaciones de Luis. Escucharle hablar de fútbol era entender muy fácil que este deporte es incontrolable en un porcentaje altísimo, y que hay mucho más para ganar en la cabeza de los que juegan que en ningún otro sitio. Espumarajos y miradas asesinas, cuando alguien buscaba una causa absurda por una decisión táctica, o un lance del juego, demostraban que Luis conocía el secreto del fútbol, uno de los caminos más directos para ganar, ganar, ganar y volver a ganar era creer en ello, y luego, todo lo demás.

Así, con esa apariencia de tormenta y brusquedad, Aragonés fue mutando a leyenda del fútbol español. Después de probar muchas herramientas, fueron décadas dirigiendo equipos, la que usó para ganar a nuestro propio destino fue el valor del juego colectivo junto al más preciado tesoro del deporte: la confianza en uno mismo. Cambió para siempre al futbolista español, y lo hizo ahí donde los cambios perduran. Porque Luis no nos deja un esquema, o un estilo de juego, o incluso a una generación de futbolistas irrepetible… Zapatones deja en herencia al fútbol español, jugadores y aficionados, la capacidad de creer en nosotros mismos. Vale.

Foto: Luis Aragonés, tras ganar la 'Copa de Europa'

04/02/2014 11:06 achopijo #. sin tema Hay 2 comentarios.

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