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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2013.

Volver y el barrio

Las uñas de los pies, ennegrecidos por el sol y semanas de andar en chanclas por la ciudad, minúsculas, chispotean en colores eléctricos. Azul, naranja y verde, como elegidos en una disputa a los chinos hace ya una o dos semanas. La pintura agrietada sobre las uñas, brilla en el suelo de la pequeña tienda de ultramarinos, mientras dos ventiladores giran en armonía en una lucha perdida contra el sudor de agosto en pleno extrarradio de Murcia. Comen chicle con gracia gitana, con ese garbo femenino natural de quien es princesa de su calle desde que tuvo uso de razón. Pantaloncitos cortos, tops ajustados, pelo largo hasta la cintura y pulseras rosas. Huelen a algodón de azúcar, y su piel es del color del atardecer. Con ellas tres, una niña de tres años se aúpa a la mesa de la caja para intentar alcanzar alguna de las chucherías que están eligiendo sus hermanas, tías o primas. En pañal, con mocos pegados sobre los labios, y unos ojos azules demoledores, la zagalica agarra una bolsa de gusanitos y la abraza alborotada sin que le hagan demasiado caso.

‘Hoy no se fía, mañana sí’, reza un cartel al fondo del habitáculo de la minúscula carnicería. En un folio, escrito a bolígrafo, el cartelito comparte espacio con cuchillos de diferentes tamaños. En la radio, suena un bolero de Los Panchos que habla sobre la fe. El encargado casi se mueve al son de la música, despacio. Muy despacio. Con una sonrisa larga y pausada. Despacha las peticiones de los dos clientes a última hora del día, en pleno mes de agosto, con la tranquilidad de quien supiera que durante años va a ser el mismo día de agosto, y él va a estar ahí, tarareando boleros y haciendo filetes de pechuga de pollo con el temple de un cirujano. Irrumpe una chica preguntando por su deuda de hace unos días. El cartel escrito a boli parece gigante en ese momento para todos, menos para ella, que con frescura pide al encargado memoria sobre la cantidad. El bolero sigue sonando, y el carnicero preparando el pedido, como si el cartel sólo fuera una utopía de las tiendas de ultramarinos de todos los barrios del mundo. - No te preocupes, lo que tú digas está siempre bien… y lanza una sencilla, sincera y brevísima mueca tierna de complicidad, como si el cartelito ya estuviera allí antes de que abriera la pequeña tiendecica.

Las chicas de las chucherías cambian unas cosas por otras como si fueran trileras que esconden el dado en el cubilete que nadie espera. Cambian gusanitos por regaliz, regaliz por gominolas, moras por gusanitos y palitos de patata por gusanitos otra vez. Lo hacen como si fuera una costumbre, de los días de verano, al caer tarde. Pero no hay trampa, el dinero está sobre el tapete de la caja desde el principio. Salen al bochorno del barrio, comiendo chicle, moviendo sus melenas y haciendo ruido con sus chanclas de playa. El sol ha ido anaranjándose hasta desaperecer al otro lado de los solares y edificios del centro. El calor sube desde el asfalto mientras una pequeña brisa anuncia que las horas empiezan a ser un poco más cortas, también en la ciudad, en esos días al volver del verano, en los que todo encaja en la cotidianidad, y uno se siente feliz únicamente por pasar unos minutos en una pequeña tienda de barrio. Vale.

20/08/2013 09:58 achopijo #. sin tema Hay 3 comentarios.

Victorias de radio

RCD Mallorca 2 Real Murcia 4 (25 de agosto 2013)

Aquellas tardes de domingo, volviendo de la playa por la carretera nacional al son de los goles del Carrusel deportivo, quedaron en la memoria como uno de los momentos futbolísticos irrepetibles de la infancia. Salir camino de Murcia a eso de las cinco de la tarde, con una siesta rápida y el aún asfixiante calor de primeros de septiembre, en aquellos coches de ventanillas con manivela y radiocassettes de banda, era una locura que no se calibraba en absoluto. La hora y media larga de trayecto, semáforos y colas incluidas al pasar los pueblos del camino, cuadraban a la perfección para llegar al Puerto de la Cadena con el pitido final, y la posible gloria de los dos puntos, un fin de viaje perfecto que, por desgracia, no se daba muy a menudo. Ganar fuera sigue siendo un lujo.

Aquellos goles celebrados en la soledad del auto, en medio de un atasco, o en mitad de una carretera con olor a estiércol eran siempre especiales. Íntimos. Goles que quedaban entre tu equipo y tu familia, y cabían en el pequeño habitáculo del coche de la misma forma que en el estadio, cuando miles de almas cantaban aquel GOL GOL GOL del marcador de La Condomina, pero condensado. Eran goles encorsetados en una alegría especial, a través de la radio, en los que el grito rasgaba, si cabe, aún más la garganta.

Cuando ayer, José Manuel Sánchez cantó el gol de Kike a través de Real Murcia Radio, mi hijo Guille y yo, que compartíamos auriculares, levantamos los brazos y gritamos abrazándonos frente al ordenador. Miguelito enseguida se unió a la celebración, y en casa todos supieron que el Real Murcia se adelantaba al Mallorca. Por un instante volví al interior del Seat Ritmo, a la carretera de El Algar y a aquellas celebraciones íntimas con el equipo de tu vida. La radio, treinta años después, hacía el milagro de la alegría del gol en casa, de aquella manera tan especial. Jamás pensé que mis hijos pudieran vivir esa misma sensación de estar pendiente de la voz del locutor, explicando la jugada con júbilo, con los ojos brillando y a través de la imaginación ver cómo Tete se marchó por velocidad en banda derecha y logró centrar al punto de penalti, donde Kike se adelantó a la defensa y marcó el 0-1.

Después de todo, la rocambolesca trayectoria del fútbol televisado en España nos deja a medio país en Primera y a casi todos los demás en Segunda con la luz de la radio encendida, sin nada más. Nos quitan esa tranquilidad aprendida durante los últimos años, en la que siempre o casi siempre hemos podido ver fútbol, pero ahí está la radio, y esa magia absoluta que siempre irá ligada al fútbol, y a esos recuerdos de niño, cuando el fútbol empieza a atraparte. Un tesoro para los peques, que hoy en día pueden ver los dibujos que quieran, cuando les apetezca, en sus tabletas.

Así fue todo el partido, hasta el pitido final. No hubo Puerto de la Cadena, ni Seat Ritmo. Hubo un ordenador, unos auriculares y tres murcianistas sentados juntos escuchando noventa minutos de emoción, cantando goles, imaginando jugadas, juntos. Tocó irse a dormir cambiando el cuento de todas las noches, por el recuerdo de los goles, y el comentario del partido con una victoria inolvidable. Una victoria de radio. Vale.

26/08/2013 10:08 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

Porterías

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Un día del otoño de 1985 los mayores bajaron por la tarde al patio unos botes de pintura. Había negra, roja y blanca. Los pequeños estábamos jugando el partido de ronda previa, el que se jugaba a primera hora, justo al llegar del cole, para pillar el campo vacío antes de que llegaran ellos, los mayores, que tenían preferencia, claro. Con suerte, algunos jugaríamos con ellos mezclados, si no eran pares o no estaban todos. Tuvimos que parar el partido en un ajustadísimo y emocionante empate a catorce.

La pintura era para pintar el campo. El portero había dado su permiso, y por fin íbamos a delimitar el campo, el círculo central, los puntos de penalti… y las porterías. Lo más importante. Pintar la línea de gol y los postes en los bordillos. Ya nunca más habría que usar mochilas, jerseys o anoraks como postes gigantes que generaban polémica en los tiros ajustados. Fue un día emocionante, de esos que entre los muchos recuerdos futboleros de la infancia se me quedó grabado. Apenas usaron pintura. Marcaron en negro y blanco el poste sobre el bordillo, de una anchura similar a la real, un círculo central, unos puntos de penalti y todo listo. El portero dio el visto bueno, y tocó estrenar el campo.

Tuve suerte. Mi regate en una losa y rapidez en banda tuvieron recompensa, y jugué el partido inaugural con los mayores. Recuerdo perfectamente que en una de mis primeras acciones acerté a hacerle un caño a uno de ellos, además, uno de los buenos (para qué decir nombres…) lo que valió la carcajada de los demás y el cabreo del cañeado, y yo me crecí como pocas otras veces en un campo de fútbol. Menudo debut, aquel. Recuerdo el partido, bajo el sol de otoño de Murcia, con aires de Copa del Mundo. Cosas de la infancia y esa preciosa capacidad para imaginar el fútbol en multitud de juegos.

Siempre me llamaron la atención las porterías. Antes de jugar un partido, donde fuera, era esencial cómo fueran las porterías para disfrutarlo. Si había redes, la cosa se acercaba al paraíso. Pero había porterías cutres que molaban casi tanto como las de La Romareda, las mejores sin duda de la Liga en aquellos tiempos, con aquellas mallas enormes, largas y de cuadros pequeños que acariciaban el balón de gol de una forma única en el mundo… O aquellas del Luis Sitjar, de portería pequeña, y duras, en las que el gol tronaba, y casi se podía escuchar el rasgar del cuero sobre la red en la retransmisión de radio. Siempre me gustaron, contracorriente, las porterías pintadas en la pared. Poesía del balompié.

Chanclas, palas de playa, palos, hierros, piedras, montones de ramas, zapatos, jerseys, mochilas… hemos usado decenas de artilugios para delimitar el gol. Lo que menos me gustaba, era cuando usaban otros balones como postes. Era un sacrilegio. Me incomodaba tanto esa situación que incluso prefería no jugar.

Era uno de los momentos especiales en los viajes en coche, cuando al llegar a un pueblo, siempre había algún campo de fútbol en las afueras, con porterías de todos los tamaños, de madera, pintadas, sin pintar, de hierro, altas, bajas… Desde hace algún tiempo, las fotografío y las guardo en una carpeta en el ordenador que se llama ‘Porterías’. Tengo unas decenas, y en todas esas fotos parecen agolparse ilusiones y recuerdos de grandeza. Sueños de niños… ¿Qué portería recuerdas? Vale.

Foto: Portería en 'El Paredón', pedanía de Pinoso (Alicante)

30/08/2013 19:59 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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