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Escampar

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El agua bajaba por las calles de Los Alcázares, lentamente, hacia la playa. Las pequeñas avenidas verticales eran riachuelos de lluvia fina, que cortaban las dos manzanas de casonas antiguas en hileras de islotes entre la lluvia, la playa y el Mar Menor. El sonido del agua era lo único que había, aquella tarde del día de Navidad. El aguacero duró un rato inabarcable, entre los cafés, los turrones y algún que otro licor. La sonrisa de la abuela todavía permanecía caliente en ese lugar del corazón donde guardamos los momentos inolvidables de todos los días de Navidad, junto a la ilusión de mis hijos. Los pies se hundían en la playa, despacio. Moldeaban la fina capa de agua fría sobre la arena a cada paso, marcando un único camino hasta el embarcadero.

 

Aquella tarde, la noche esperó unos minutos de más. La mar, exhausta tras la tormenta, reposaba en absoluta calma, adormecida. Las nubes se abrieron, y Los Alcázares quedó envuelta en una ilusión boreal que paró el tiempo. Violeta, azul, negro, gris, ocre y naranja. Un tenue naranja. Abrí los ojos, como el viejo, y por un momento fue como si regresara de muy lejos. Después, sonreí. Fue cuando pensé en la mar de Hemingway, mirando nuestro Mar Menor de todos los veranos, de todos los inviernos. Y lo acaricié con la mano de alguien de la otra punta del mundo. Y lo guardé ahí mismo, junto a la sonrisa de mi abuela, y la ilusión de mis hijos.

 

Todo termina en paz, me dijo una vez un viejo extraño, en Central Park. Tantas veces lo hemos dicho, y tantas veces lo hemos visto, y es tan sencillo y simple que escribirlo puede dar pereza. Incluso leerlo. Después de la tormenta, siempre viene la calma. Quizás lo que no hagamos tan a menudo es experimentarlo. Vivirlo. Sentirlo. Quizás no seamos conscientes nunca de ello. Pero aquella tarde de Navidad, mientras sonaba el agua bajando por las calles, y la luz se abrió paso a pocos minutos de caer la noche, la mar renació durmiéndose, acurrucada, justo cuando el abrazo de mi abuela hacía que mi corazón latiera con fuerza un año más. Y allí estaban las nubes, y los relámpagos, alejándose. Hice unas fotos. Las compartí. Y agradecí haber podido estar allí, en ese momento… y pensé: Cuando venga la suerte, estaré dispuesto, como el viejo. Decidí escribirlo, unos días después, y compartirlo. Aquí está. Vale.

 

Foto: Playa de Los Alcázares, 25 de diciembre de 2013

07/01/2014 10:45 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Futbolines

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Muy pocos sonidos son tan entrañables como el chut metálico de un jugador de futbolín, el maderazo del gol y el caer de la pelota blanca, o el de la bajada de todas las bolas a la bandeja de hierro, al inicio de la partida. Cinco duros, nueve bolas. Los que eran buenos al futbolín, los mejores, no solían sacar sobresalientes en matemáticas, pero tenían claro los goles que había que marcar para ganar. Son leyes del recreo que perduran, o al menos, perduraron medio siglo. Todos hemos tenido los futbolines de nuestra vida, o casi todos. Recuerdo bien los del Salón Play, en Murcia. Se formaban auténticos campeonatos entre maestros del futbolín sin cambio, escuela murciana, de primer nivel mundial. He visto partidos de futbolín en los que la dureza del metal y la rigidez de las filas de futbolistas desaparecían. Los maestros lograban hacer gambetear a sus metálicos pupilos por entre la madera dura, elaborando jugadas de ensueño.

La destreza al futbolín daba caché en la calle. Los que marcaban goles con la defensa asumían rol de tipos duros. Los que dominaban la línea central, solían ser gregarios perfectos, y los letales arriba, los que aguantaban la bola y giraban la muñeca a la velocidad de la luz para engañar al portero, tenían estrella. No creo que Uri Geller pudiera haber hecho doblarse jugadores de futbolín como se podía ver en los salones de juego de Murcia a finales de los ochenta. Un gol de esos, de genio de futbolín, era lo más parecido a sacar matrícula de honor en el recreo. Lo que aprendes las primeras veces es lo que nunca se olvida. El punto máximo se alcanza, yo creo, a los doce años. Al futbolín se mantienen los vicios ya para siempre. Muchos son los que han ido a casa de algún pijico que tenía futbolín en su garaje, ya carlanco, y le han seguido ganando, fácil.

 Al final del Cavas, el pub más transitado en los años universitarios pamplonicas, también se montaban timbas interesantes al futbolín. Allí jugaban de otra forma, como al mus, discusiones de lo que es cambio y no lo es aparte. Al contrario que pasa en los campos de fútbol, en la madera y los giros de muñeca, dominaba la alegría del Sur, porque jugar en pareja también conllevaba un metalenguaje activo que daría para una tesis de comunicación. Medio partido se ganaba con el gesto al sacar, al darle un tiento al quinto, una calada al pitillo, al celebrar los goles o al mirar a los contrarios. Me ha gustado, claro, la aportación de Juan José Campanella al mundo Futbolín. Pero lo que más, son las ganas que me han entrado de volver a un recreo de 20 minutos con una final al futbolín por delante. ¿Cuáles eran tus futbolines? Vale.

Foto: Detalle futbolín en la Sede de la Federación de peñas murcianistas

13/01/2014 18:42 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

Gracias Tito

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El pequeño utilitario que conducía era una extensión de sus bracicos, sus piernecicas, y su moverse rápido, unas milésimas de segundo después de que le brillaran los ojos con alguna idea o algún recuerdo, que enseguida compartía. No he visto jamás a nadie pasar el Puerto de la Cadena conduciendo con la soltura que lo hizo él aquel día de principios de julio de 1997, el día que le conocí. Estoy seguro de que podía hacerlo con los ojos cerrados y sin tocar el volante, se bastaba con la rodilla para dirigir el cochecito. Siempre pensé que podría hacer fotos a la vez que conducía. Era mi primer día de prácticas, y me tocó irme a un chiringuito cualquiera a hacer un reportaje de verano… mi compañero y conductor, nada menos que Tito Bernal.

Aquel año ‘Foto Tito Bernal’ ya era una marca con solera. Las portadas de La Verdad llevaban esa leyenda, y pueden utilizar el doble sentido de la palabra, junto al pie de foto. El día que le conocí Tito no dejó de hablarme sobre el Periodismo, Murcia, los periódicos, los compañeros, las playas, las fotos, me contó anécdotas mil… Casi  no articulé palabra. Estaba acongojado, y acojonado, pero lo primero que hice en mi carrera como periodista de verdad fue tomarme una caña en un chiringuito playero con Tito Bernal… “No digas que somos periodistas hasta que nos terminemos la caña…”. No empecé nada mal.

Yo era un zagalón, con bolígrafo y libreta, que ensayaba gestos para preguntar, y Tito Bernal, el fotógrafo de las portadas, me estrechó su mano, y se echó al tajo conmigo tratándome como uno más. Desde aquel primer día, siempre fue así. En actos, eventos, ruedas de prensa o en cualquier rincón de Murcia he visto al mismo colega entrañable. Siempre sonriente. Siempre con una anécdota apasionante, casi increíble, que contaba sobre lo que estaba pasando en aquel preciso instante. Siempre con entusiasmo. Siempre derrochando vivencias impresionantes. La vida le salía a borbotones en forma de historias.

Fue casualidad, pero después de aquel primer día, Tito Bernal quedó en mi recuerdo como el primer maestro que tuve en el mundo real del periodismo... y de la vida, claro. Años después trabajé con varios fotógrafos, y recordé muchas de las cosas que él repetía fuera de la redacción para aconsejar y trabajar con ellos.

El año pasado le entrevisté en Radio Online Murcia. Le llamé para que contara a los oyentes sus proyectos recuperando goletas, organizando excursiones para transmitir una de sus grandes pasiones. Navegar, el mar, las personas… Todas las semanas dejaba imágenes espectaculares de sus travesías en Facebook. Se mostró como siempre, entusiasmado. Casi pudimos sentirnos en la proa de alguno de los barcos que resucitó, surcando la costa murciana.

Cuando hace unos días leí en su Facebook cómo lanzaba un ataque feroz contra el cáncer, con ése mismo entusiasmo, no pude más que creerle, y sentir que Tito podría con ello. Quizás fue una última lección de vida, porque Tito Bernal no era de los que se rinde. Así fue en todas y cada una de las veces que coincidí con él. No hay imagen más característica en la prensa murciana, que el objetivo enorme de Tito Bernal, colgándole del diminuto cuello, bajo una sonrisa única, que mezclaba entereza con conocimiento y cercanía. Una cámara de fotos con vida propia, que seguirá dando ejemplo a través de un recuerdo imborrable. El de un profesional que vivió muchísimas cosas gracias a su vocación,  las disfrutó hasta el límite y las compartió siempre. Gracias Tito. Vale.

Foto: Tito Bernal (Del blog La Mar Salada de Luis Fernández)

15/01/2014 18:22 achopijo #. sin tema Hay 3 comentarios.

Aurora

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Se va encontrando antiguos alumnos por todas partes. Es una de sus alegrías cotidianas, y la sigue disfrutando como algo especial, algo único, quizás porque para ella, lo es. Cuando alguien mira un poco más de la cuenta, con esa gracia que tienen las madres, ella pregunta si le ha dado clase, esperando con entusiasmo un sí que casi siempre se produce. Luego nos cuenta que hoy ha visto a un antiguo alumno, que le ha dicho que ella había sido la mejor profesora que tuvo nunca, y cierra el puño sonriendo, como un delantero centro que celebra un gol. ¿Y sacaba buenas notas? Solía preguntar yo… Pero nunca se acordaba de eso. Sí se acordaba del libro que leyeron,  o de la biblioteca de aquel año.

Aurora se ha pateado aulas por toda la Región, enseñando Lengua Española a cientos de alumnos con el método más antiguo del mundo como principal libro de texto: la vocación. Es profesora porque lo es. Lo es a tiempo completo. No porque corrija exámenes en casa, textos o siga dando algunas clases fuera de las aulas, lo es porque piensa todo el tiempo en sus alumnos, en cómo llegar hasta ellos, en mejorar su capacidad para enseñarles, en entenderles. Ha pasado muchas más horas en su estudio buscando, leyendo, hablando con colegas de medio mundo que en las aulas, y no creo que haya faltado a dar sus clases más de unos cuantos días en casi 40 años. Esos días que se queda sin voz, de repente, es como si alguien se la hubiera apagado apretando un botón, como si fuera un castigo divino… Aurora, te apago un par de días, que si no, no descansas.

Siempre he pensado cómo hubiera sido como alumno suyo. Sería un experimento interesante. Y eso que no suelo discutir mucho con ella sobre temas ‘profesionales’ (mira por donde, el zagal también se dedicó a las letras) porque nuestros estilos están más cerca el uno del otro que del escritor de verdad que tenemos en casa. Así que salvando pequeñas interferencias, más por aquello de ser madre e hijo, casi siempre ha habido sintonía en sintaxis, gramática…

Yo también me he encontrado a alumnos suyos, lo que pasa es que no suelo contárselo. Me dicen que era una profesora de cuento. Que sus clases pasaban rápido, incluso si no tenías demasiado interés. Luego, llegaba el examen, y sin haber estudiado, podías aprobar fácilmente… Me dijo un antiguo alumno suyo una vez. Eso debe ser aprender, que no es lo mismo que estudiar. Para mis exámenes siempre me daba el mismo consejo: “lee más sobre el tema en otros libros, y luego ponlo en el examen”.

Aprender. Aurora siempre ha dicho que para aprender hay que leer. En los libros están los sobresalientes. Por eso ha puesto en crear bibliotecas mucha más pasión que en seguir los temas del libro de texto de turno. En todos los centros que ha estado ha fomentado la creación o ampliación de la Biblioteca y ha organizado actividades en ellas. Su verdadera gran pasión son los libros, y es curioso, es una gran lectora, pero es mucho más una maestra de lectores. Su legado en la Educación, aparte de ser la mejor profesora de la historia para casi todos sus  alumnos, ha sido haber dejado en el mundo una estela de decenas de lectores que iniciaron su camino en esas bibliotecas, leyendo los libros que ella recomienda todos los años.

No me sorprendería leer, dentro de unos años, en alguna entrevista a un autor de éxito, agradecer a Aurora Gil Bohórquez la pasión que le transmitió por la lectura.

Si cierro los ojos, la veo en su despacho, rodeada de miles de libros, en su mesa y en las cuatro estanterías completas, del suelo al techo, que abrigan su rincón de paz y tranquilidad. El rincón donde Aurora guarda todos sus secretos para haberse convertido en un hada madrina de la Educación, y de cuya experiencia, cariño y vocación por enseñar le han hecho escribir, en La Verdad de Murcia, los artículos que más han llegado a un colectivo que necesita más que nunca referentes en los que apoyarse. Es lo que deja Aurora Gil Bohórquez como legado, una forma de enseñar construida con vocación, libros y una ilusión infinita. Estoy seguro, de que, si por ella hubiera sido, no hubiera puesto nunca una nota, y recordaría a sus cientos de alumnos por títulos de libros que han leído juntos y las bibliotecas que han creado. Vale.

Foto: Aurora, estos días

P.D. Texto leído en el pequeño homenaje familiar a Aurora Gil Bohórquez, mi madre, por su reciente jubilación. 

18/01/2014 22:51 achopijo #. sin tema Hay 9 comentarios.

Ósmosis

De vez en cuando hablamos de cuando en Murcia había más Mercedes que en ningún otro lugar del mundo. Hay quien dice, contrastado en ese libro mágico que sobrevuela las conversaciones de barra, el gran libro de los bares, y en el que se termina confiando a ciegas después de tres bolitos y tres carcajadas, que la cosa sigue igual. Que incluso fuimos donde más Porsche Cayenne se vendieron hace menos tiempo, y en ese momento pasó uno por delante del Pasaje, donde apurábamos una espléndida croqueta de sepia en su tinta. A principios de los noventa, daba igual que estuvieras en el centro, o perdido por las pedanías. Cada cinco coches aparcados tres eran un Mercedes 190 E. Dice la leyenda que había quien se gastaba todos sus ahorros para tener el suyo, que no había entonces nada más característico de Murcia. Quien sabe, si el Real Murcia no hubiera pasado aquella década maldita, si en Primera hubiéramos llevado Mercedes Benz en la camiseta.

Tierra de Mercedes, y tierra de compradores de agua. Por la acera de enfrente pasa un tipo cargando tres paquetes, tres, de seis botellas de agua, de dos litros cada una. Calculen. O mejor… ¿A que les suena? Una imagen cotidiana aquí, como aquella de los Mercedes, pero que sigue vigente. Los viajes al coche para los paquetes de agua es tiempo que podríamos sumar a la deuda histórica. Quién no ha ido a un hotel al norte, ha abierto el grifo, se ha echado un sorbo y ha cerrado los ojos maravillado ante tal circunstancia increíble... Que dan ganas de llenar seis botellas y llevárselas de vuelta. Agua limpia y con sabor a serranía que sale de los grifos esos que se abren poniendo las manos debajo. Con el agua hemos topado. No sólo la pagamos a precio de whisky escocés, sólo la podemos usar para aclarar los platos antes de meterlos al lavavajillas, que cueces pasta con agua de Murcia y te sale al diente, que no al dente.

Entonces hace poco me volvieron a hablar de la ósmosis, acho. Sí, aquello de lo que se habló en su momento, pero que parecía un engorro del copetín, y que tampoco aseguraba resultados. Olía a producto teletienda. Vamos que el agua terminaba siendo un sí, pero no del gran libro de los bares, y volvías al redil de los paquetes de agua semanales, con pescozón en la cartera incluido. Claro, pijo, han pasado los años, y ahora te colocan el grifico en un almuerzo y ya tienes agua de Soria en tus grifos. Milagro. Creo que ha sido la mejor inversión que he hecho en los últimos diez años. Además, estoy deseando que vengan los del norte a mi casa, para que se queden mirando el grifico y pongan carica de ciervo. Acho, si, en Murcia tenemos dos grifos, el de la ósmosis y el del agua. ¿Tienes ósmosis? Vale.

22/01/2014 19:26 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Abuelo

Al llegar a la cuesta, el abuelo se ponía sus zapatos, y ya no le quedaba un solo grano de arena en los pies. Recogía las sillas, el cesto, las bolsas de la fruta… con parsimonia. Sin ninguna prisa. Jamás se alteró viéndonos revolotear todo el día entre el toldo y la orilla de la playa. Traíamos un cubo con agua para limpiarnos los pies, y lo que hacíamos era embarrarnos las chanclas con la arena arcillosa del barranco que delimita la playa grande de Campoamor. Subir la cuesta con los pies llenos de arcilla y arena mojada era un suplicio. Pero éramos niños.

Un día, mi abuelo me llamó, y me dijo que me sentara a su lado. Apoyado en la roca arcillosa, dejaba caer arena seca, blanca, sobre sus pies, y después la esparcía sacudiéndola, despacio, como lo hacía todo. – Yayo, la arena se quita con más arena. En vez de echarte agua en los pies, prueba. Así que me senté a su lado, un tanto incrédulo, pero intrigado, y le imité. Cogí arena seca, y me embadurné los pies con ella. La arena mojada enseguida se secó, y empezó a resbalar. Después de dejar caer unos cuantos puñados, mis pies quedaron limpios y secos. Al llegar a la cuesta, no quedaba ni un grano de arena, y el abuelo me guiñó un ojo, mientras nos poníamos las chanclas. Mis tías, entre la algarabía de primos revoloteando, me dieron por duchado cuando llegamos a casa.

Es una anécdota, nada más. Aquello no cambió mi vida, aunque lo he hecho otras muchas veces, y hace poco se lo enseñé a mis hijos. Pero es de las pocas cosas que recuerdo con claridad de cuando era niño. Con el paso del tiempo he recordado aquel día como una fábula, para aplicar a otras muchas cosas. No creo que mi abuelo pretendiera nada más que enseñarme un truco para quitar la arena de los pies, pero luego lo interpreté dándole un sentido más amplio. No siempre lo obvio es la mejor solución. Y me ha servido para no conformarme, para buscar más opciones o tener en cuenta otros puntos de vista, por muy raros que parezcan.

Mi abuelo era serio. Un hombre serio y bueno, que escuchaba el fútbol en la radio en su despacho, rodeado de libros, andando sin seguir un patrón, y que salía al pasillo cuando marcaba el Real Murcia para avisar a quien estuviera por allí, porque en su salón, siempre había alguien. Si estaba yo, sacaba los dados y la caja de las fichas del parchís. Sabía que con eso me bastaba para pasar la tarde haciendo la Vuelta Ciclista a la alfombra de su casa, y cuando había algún nieto más, sacaba la caja de los juguetes, un momento de júbilo como pocos en casa de mis abuelos.

Algunas veces me llamaba a Pamplona, a preguntarme cómo me iba. Lo hacía obligado por mi abuela Pilar, a la que solía escuchar detrás, a lo lejos, dándole indicaciones. No porque no quisiera saber… el abuelo no quería molestar. Nunca quiso hacerlo. Y yo lo entendía a la perfección, porque además, sólo después, disfrutaba ese minuto de conversación, y eso es lo que mi abuela sabía que pasaría.

Desde que era casi un bebé respeté el sitio de mi abuelo en el sofá. Junto al teléfono, perpendicular al sillón de mi abuela. Daba igual todo lo que pasara alrededor, en las horas muertas de la tarde, o la noche, ellos estaban en sus sitios, y se tocaban las manos en los antebrazos de sus sofás cuando no miraba nadie. Entrelazaban sus dedos mientras veíamos la tele. Si mi abuela me descubría mirando, soltaba la mano y se reía dulcemente. Cuando murió, fue aquel gesto el que guardé para siempre, junto al de los lobitos, que ella siempre presumió de haberme enseñado. El que hoy guardo junto a aquel es el guiño que me dedicó mi abuelo Antonio aquel día en la cuesta de Campoamor. Les imagino, como no puede ser de otra forma, juntos, contemplando la inmensa familia que han dejado aquí, con ilusión.

Han sido casi ocho años para nosotros. No imagino cuántos años habrán sido para ellos, pero tengo la sensación que demasiados. Porque no pude terminar de no verles juntos, aun siendo la muerte la que les separó aquí. De alguna forma, él ya se fue con ella.

Les veo sentados en un sofá, tocándose con los dedos, mirándose de reojo… con el calendario donde apuntaban los cumpleaños de hijos y nietos y los números de teléfono, ahora también bisnietos, sonriéndonos a todos desde allá, con una sencillez abrumadora, la que nos han enseñado a disfrutar, generación tras generación, como aquel guiso de pavo en Navidad que sigo recordando como el plato más maravilloso que jamás he comido. Pero lo mejor que nos han dejado los abuelos es que hoy también les vemos en Espe. En María Ángeles, en Jesús, en Luis y en José María, en Antonio… y a los dos juntos, en las palabras de mi padre en su despedida. En el Perdón, y en la Esperanza, está la felicidad. No lo olvidaré nunca, abuelo. Vale.

P.D. El pasado lunes murió mi abuelo Antonio, a los 97 años. Volvió con mi abuela mientras dormía, quizás, soñando con ella. Aquí queda mi pequeño homenaje. El que me ha salido, y el que quiero compartir especialmente con mis 18 primos.

22/01/2014 19:37 achopijo #. sin tema Hay 5 comentarios.

El cartelico

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Si escribes en Google ‘Cartel Fiestas de Primavera 2014’ no hay ni rastro de Murcia. No salimos ni en la primera página de direcciones. Pero si te vas a Images, es que ya puedes bajar con la ruletica del ratón, que no aparecemos ni por casualidad. Hay que poner Murcia para empezar a salir, y tampoco es que la cosa sea de gran impacto. De hecho las Fiestas de Primavera de… ¡Sevilla! nos mete tres cuerpos en Google copando toda la primera página. Ya no sólo nos ganan en las noticias de calor en verano, lo próximo es que se presenten allí japoneses con miles de euros pidiendo marineras en la calle Sierpes. Vamos haciendo cosicas, pero nos falta un hervor, pijo, un poco de visión para salir. Que la presentación del cartel de las fiestas más importantes de la ciudad en Fitur pase desapercibido en Google es mejorable. Un poquico de posicionamiento, una pequeña estrategia… Hay gente en Murcia que empezó hace diez años en el marketing online dando cursos en Madrid a los de las fiestas de Sevilla.

Si pones Cartel San Fermín se te llena la pantalla de rojo, blanco y negro, y puedes ver diseños espectaculares de muchísimos carteles de los últimos años. El cartel de San Fermín es la champions de los carteles. Allí se puede votar por el mejor, y el ganador es el que sube a los altares y será reproducido por todo el mundo. Digo esto porque no pasa nada si nos fijamos en los sitios en los que funcionan las cosas bien para hacerlo a nuestra manera. Sobre todo con la dialéctica, no lo llamo polémica, que se ha generado en poco tiempo en las redes con el cartel de Servero Almansa para la Fiestas de Primavera de Murcia 2014. Un cartel, daré mi opinión, que me parece una bonita apuesta, por lo que significa ese toque nostálgico del que me siento orgulloso como murciano, por recuperar piezas que se acercan mucho a una identidad razonable de lo que también son nuestras fiestas, no sólo charangeo, y porque es limpio y actual. Pero claro, para gustos, pastelicos de carne.

Es evidente que preocupa, al menos a los usuarios de Internet, que son un motor más para impulsar, pero también pueden ser un freno. Yo lo veo claro, lo que podríamos mover las Fiestas con un concurso para votar el cartel que más guste, es la conclusión. De partida ya el que gane será el que más guste, y esto es un gol a la agorería militante.

Además, ofrece opciones a profesionales, porque los diseños, ganen o no, estarán moviéndose online, y eso es llenar de flores, huertanicos, marineras y catedrales la páginas de Google Images, a ver si Sevilla nos va a robar también la primavera, a estas alturas. Así que además de una votación online durante un mes, hay que planearlo para que el señor Google no pase de largo por nuestras queridas fiestas, y que a alguien que busque “prima de riesgo” le salga Primavera Murcia no puedes faltar y una lluvia de huertanas y huertanos, pastelicos de carne, limones abiertos, solazo y buen rollico en forma de carteles creativos. ¿Hacemos un concurso de carteles? Vale.

Foto: Cartel Fiestas de Primavera 2014, Murcia (MurciaVisual)

27/01/2014 10:28 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

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