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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2014.

Ir de pasteles...

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Un día de aquellos cuando aún no había móviles y veíamos amanecer entre pastelicos de carne recién horneados y olivicas de Cieza sobre barra metálica, el tipo de al lado en el Zaher pidió dos, les hizo un agujero en la parte de atrás del hojaldre, y se los colocó en las orejas a modo de auriculares. Nos miró, y de repente, ante nuestra absoluta sorpresa, espetó un amargo: “- Luke, tienes un poder que yo no puedo entender, y que nunca entenderé…” con voz de falsete… Lo cierto es que era la viva imagen de la Princesa Leia, murcianizada, eso sí. Todavía recuerdo las carcajadas. Duraron horas. Días.

Los pasteles de carne, uno de nuestros tesoros. Dan juego para diez minutos mínimo de conversación siempre amena, cuando hablamos de esa búsqueda eterna del mejor pastelico de carne de la ciudad. Será que no tenemos leyes con este tema. O cuando se lo damos a probar a los foráneos y flipan con el invento, y el maridaje perfecto que hace con las olivicas y nuestra Estrella de Levante. Sin embargo, y a pesar de algún despunte que otro, sigue siendo un gran desconocido más allá del Sacro Imperio Murciano, que marcan Hellín, Huercal Overa y Orihuela. He visto preciosos intentos de utilizarlo en recetas, en pinchicos, variando algunos elementos, apenas el formal, con espléndidos resultados. Ojo, no creo que jamás deba cambiar de sitio el pastelico de carne, eso está arraigado en Murcia hasta lo más profundo de nuestra tradición… pero siempre se puede sumar.

 

A los que nos gusta el aperitivico murciano, que es a todos, siempre estamos con el asunto de que somos un si pero no gigantesco, fuera de Murcia, claro. Que los telediarios siguen cerrando con los pintxos de San Sebastián o el pescaito frito de Sevilla, como si nuestras barras de bar fueran un tesoro escondido a las luces del éxito gastronómico. Y es que no tenemos nombre, pijo, porque de aperitivo se van en todas partes igual, semánticamente hablando. Pastelear, ir de pasteles… No sé, no suena muy bien, pero sí que sería un punto ver barras de aperitivos con apuestas personalizadas de nuestro querídisimo pastelico de carne en forma de aperitivo… como base para diversificar su belleza interior, y ahí, el límite lo pone cada chef. Aquí no tenemos pintxos, aquí tenemos pastelicos.

 

Los pastelicos de siempre, a escala pinchico, con su carrocería al hojaldre, pero con el interior rebosante de creatividad, para generar luces en nuestras preciosas barras de aperitivo. Acho, lo hacemos con el sushi... ¿No lo vamos a hacer con los pastelicos? Si con dos pasteles de carne del Zaher uno puede ser la Princesa Leia, con el garbo y la new wave de la cocina murciana, las barras de pasteleo murciano a mediodía tendrían, estoy seguro, cuerpo para lucharle algún final de telediario al mismísimo pintxo donostiarra… y de paso le damos vino a nuestras barras de aperitivo, que andan algo escasas. ¿Qué te parece la fusión del pastelico de carne y el aperitivo? Vale.

 

Foto: Leia Skywalker

 

03/02/2014 12:00 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

La herencia de Zapatones

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El punto más alto al que llegó la Selección fue en aquellos Cuartos de final contra Italia, en la Eurocopa de Luis. Recuerdo el grito del gol de Cesc. Salió ahogado del interior del alma, salió rompiendo tópicos que habían sido muchos años obstáculos gigantes, salió limpiando por completo ése fútbol mental donde se juegan partidos inmateriales, salió con una fuerza que unió a millones en confianza, salió al mundo como un nacimiento colectivo contra nosotros mismos. Aquel gol fue la cúspide. España acababa de ganarse a sí misma. Días después, cuando empezó la semifinal, la sensación era extraña. El éxtasis no fue a más. Era como transitar un estado idílico del fútbol en el que nos sentíamos asombrosamente cómodos, y nos cercioramos de aquello en lo que siempre habíamos querido creer, sin poder hacerlo: éramos buenos. El éxtasis no volvió a ser el mismo, al menos hasta que vimos a Iker levantar la Copa de Europa, como decía El Sabio… La Copa de Europa.

En eso Luis Aragonés tenía España metida en el tuétano. La España del carajillo, la del día a día, la de las barras de los bares en el almuerzo, la del tipo que no elige corbatas, porque no le importa demasiado. La mala leche de Zapatones (tenía apodo de peluche) era una mala leche de malo de Toy Story que luego termina siendo el bueno más bueno de la historia. Esa mala leche española que tira de humor, de ironía y de un respeto máximo por los demás, aunque pueda parecer lo contrario. Hay pocos, muy pocos, que tienen esa capacidad para pillarte siempre desprevenido, rozar la línea de la falta, y rehacerse simplemente con una mirada por encima de las gafas o una sonrisa, con la que ganarte para siempre su respeto, y un cariño sostenido, que luego se alimenta con detalles que se agigantan, contra esa maraña de rudeza.

Luis era de esos. No hacía falta conocerle. Sólo ver cómo hablaba de usté (sin ‘d’ al final) a los jugadores te daba casi todas las pautas. Aragonés era paradigma de ese usté que clavaba, y que podía entenderse a la par como despreciativo, intimidatorio, respetuoso y en clave de humor, hasta cariñoso, en el que se sentía cómodo para aleccionar. Un usté que iba generando ese respeto sostenido, que después, en un gesto agradable, afloraba sacando lo mejor de cada uno. Creo que Luis fue un motivador sublime. Y lo fue a la española.

Pero antes que motivador, lo que más fue es valiente. Poner a los que son mejores no es fácil, y menos en España. Los equipos de juveniles están repletos de jugadorazos en los banquillos. Luis lo hizo mirando por encima de las gafas a la prensa, y balbuceando truenos y centellas. Otro sin esa armadura quizás no hubiera podido hacerlo. Pero no sólo puso a los mejores. Los puso y les convenció de que ellos eran los mejores, llamándoles de usté, y mirándoles al corazón.

Siempre respeté las explicaciones de Luis. Escucharle hablar de fútbol era entender muy fácil que este deporte es incontrolable en un porcentaje altísimo, y que hay mucho más para ganar en la cabeza de los que juegan que en ningún otro sitio. Espumarajos y miradas asesinas, cuando alguien buscaba una causa absurda por una decisión táctica, o un lance del juego, demostraban que Luis conocía el secreto del fútbol, uno de los caminos más directos para ganar, ganar, ganar y volver a ganar era creer en ello, y luego, todo lo demás.

Así, con esa apariencia de tormenta y brusquedad, Aragonés fue mutando a leyenda del fútbol español. Después de probar muchas herramientas, fueron décadas dirigiendo equipos, la que usó para ganar a nuestro propio destino fue el valor del juego colectivo junto al más preciado tesoro del deporte: la confianza en uno mismo. Cambió para siempre al futbolista español, y lo hizo ahí donde los cambios perduran. Porque Luis no nos deja un esquema, o un estilo de juego, o incluso a una generación de futbolistas irrepetible… Zapatones deja en herencia al fútbol español, jugadores y aficionados, la capacidad de creer en nosotros mismos. Vale.

Foto: Luis Aragonés, tras ganar la 'Copa de Europa'

04/02/2014 11:06 achopijo #. sin tema Hay 2 comentarios.

Tristesse contemporaine

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De repente, estoy otra vez en el Tanatorio. Hay espacios de soledad gigantescos, cuando te quedas solo unos minutos, después de abrazos, miradas y saludos. Es como asomarse a un precipicio interior, que vas reconociendo, y aunque no deje de ser algo difuso y lejano, merodea. Tiene sentido encontrar un momento al día para sentir felicidad, como este mismo miércoles, cuando Miguelito preguntó si un corazón bien dibujado, “sin salirse”, podría trasplantarse, cuando supo qué era un trasplante. Febrero está siendo de amaneceres muy naranjas. Los estoy fotografiando casi a diario, copiando con descaro la maravillosa tradición del Borsalino en La Manga, que todos los días nos abre una ventana al Mediterráneo cuando sale el sol. Desde El Puntal ya no se ven grúas venir amenazantes, sólo siluetas de palmeras que compiten con el esqueleto del hotel y las dos torres de la zona Norte. Murcia parece haberse batido en retirada, a cambiar de estrategia, y vuelve a cobijarse bajo la sierra.

 

Un amigo de siempre vuelve, y todo es como entonces, pero ahora. Ya no es como antes. Es mejor. Y peor. Otro amigo cambia Miami por Brooklyn. Iremos a verle, claro, igual que cuando no fuimos a Florida… Y otro va a volver a ser padre, como contrapunto a un momento complicado. Nos contamos las vidas en unos cuantos mensajes al día, y se convierten en recuerdos en presente, casi tangibles. Un paseo en solitario y te das cuenta de que no estás persiguiendo a tu sombra díscola. Es lo que toca. Aunque todo está empañado por una niebla tensa, como punzante, un manto de suspiros inacabados. Me pidieron una canción, y dije ‘Diez años después’ de Calamaro. Mejor dormir que soñar… nunca estuve de acuerdo, pero me gustaba esa frase, sin haberla sentido nunca.

 

Marta Ferrero escribe sobre los cuarenta en su fantástico blog, y siento lo contrario a la nostalgia. Una manzana a mediodía, leer los sábados hasta quedarse dormido en el sofá, esperar con nervios el cuento diario, la sonrisa de Lucas al volver a casa, levantarse y pisar una pieza de Lego. No son sueños, son los días. Y ahí fuera, lo que hay es una tristeza contemporánea que se confunde con el paso del tiempo, a quienes ya nos ha relevado una segunda generación. Les escuché en Radio 3: Tristesse Contemporaine, mi última adquisición online. Electropop dandy, lo calificó mi entendido musical de cabecera (Le Mans Dj) y le pusieron nombre, y música, a esa sensación agria que nos rodea en este tiempo. Y aunque pueda parecer lo contrario, en esa tristeza, diez años después, aunque no haya sueños, veo eso, lo contrario a la nostalgia, que bien podría ser esperanza. ¿Mejor ser que soñar? Vale.

 

Foto: Uno de los amaneceres desde el Borsalino (La Manga)

10/02/2014 10:39 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

E-Bambos

El otro día me llegaron unos bambos que compré por Internet. He comprado camisetas, comida, algo de ropa y lo que más, zapatillas. Bueno, bambos, que nos entendamos. Música y libros también, pero ahí me pasé al online, por comodidad, no porque me guste más, que yo sigo siendo fan del olor del periódico, y del tacto al pasar las hojas, incluso de los cedés, pero reconozco que la inmediatez a veces hay que ponerla por delante de esas cosas tan románticas de siempre. El otro día leí tres o cuatro tuits sobre ‘El Paciente’ (de Juan Gómez Jurado, el Ken Follet español), me picó la curiosidad, y era tan fácil comprárselo, que me lo tragué en dos noches. No creo que me lo hubiera comprado del estante de la librería. Y eso que en libros no hay que escatimar nunca. Pero en romanticismo sólo me queda el fútbol, y ahí ya no creo que pueda cambiar. Es lo que tiene ser del Real Murcia.

Es un alegrón cuando llegan. Tardan dos días, pero mantienes una sensación muy parecida a la que hace referencia nuestro refranero, aquello de ser más feliz que un niño con zapatos nuevos, durante dos días enteros. Mañana llegan los bambos… llegas a pensar antes de darte la vuelta en la cama y domir, el día anterior. Y siempre queda esa intriga por si nos la han metido, o lo que llega no es lo que has visto en la pantallica, que el ramalazo pueblerino de no fiarse de Internet morirá con nosotros, y a mucha honra. Al menos con los de mi generación, la que empezó a comprar por Internet. Para fiarnos estamos. Nos ha jodido. Como si cuando compramos en la tienda y nos dicen que lo que compramos es lo mejor y nos queda como un guante nos lo creyéramos.

Eso sí, esto de la mosca detrás de la oreja es más de nosotros, que ellas en lo de comprar por Internet, como en casi todo lo demás, nos doblaron hace años. En cuanto puse en el grupo de Whatsapp  de los amiguetes que me habían llegado los bambos con su fotico molona, el porcentaje agorero cumplió su cometido: - Seguro que son falsos. No te puedes fiar de Internet… (con enlace a no sé qué reportaje sobre el asunto incluido) Así que ya ni llegándote lo que has pedido te salvas, acho.

 El proceso de compra es más largo, y la decisión más pensada, aunque pueda parecer lo contrario. Ahí ganamos. Los payos de Diadora, que los bambos son Diadora, te van mandando un e mail siguiendo el rastro de tu pedido. Que si sale de la fábrica de Treviso, que si embarca para cruzar el Mediterráneo, que si ya está en tu país, que si están camino de tu casa… y luego ya llaman al timbre. Casi dan ganas de darle un abrazo al mensajero que parece haya cruzado medio mundo mandándote e mails para traerte tus bambicos. O mandarles un e mail a ellos cada vez que te pones los bambos: Familia de Diadora, hoy me he puesto vuestras zapatillas. Hemos ido a la Plaza de las Flores y nos hemos tomado unas marineras. No se han manchado. ¿Compras por Internet? Vale.

17/02/2014 19:55 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Kike: 'One Club Man'

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“Toda la vida dedicada a levantar tu empresa… ‘One Club Man’, como dicen los ingleses…”

Mi amigo Charly se refería así a su padre, pocos días después de su muerte, en una emotiva despedida en su blog. No me hizo falta leer mucho más para entender qué quería decir esa frase referida a un padre. Más que una metáfora, y aunque hablara del empeño que dedicó su padre a levantar su empresa, quien está detrás de un calificativo futbolístico así derrocha una serie de valores que son sinónimo de admiración.

One club man. Hombre de un solo club. Una expresión inglesa, una más de esas expresiones que no deberían traducirse nunca, porque el inglés es el lenguaje del fútbol. Se entiende por intuición, con el corazón, ahí donde viven los abrazos por los goles de tu equipo.

Kike García es nuestro One Club Man, con todas las letras. Al menos, hasta esta temporada, y no desde, como algunos podrían decir, confundiendo el éxito con el principio, cuando suele ser el final. Porque un jugador como él no ha variado en absoluto, desde que debutó en las bases del Real Murcia, la forma de llevar el escudo del equipo en su camiseta, y ése es su mayor éxito. Ahora lleva 14 goles, pero esa no es diferencia para entender que Kike ha sido desde el principio un jugador especial para el Real Murcia.

No es fácil olvidar jugadas sueltas, en las que Kike se había abierto un hueco inverosímil, después de forcejear con defensas centrales con diez y doce temporadas en Segunda División a sus espaldas, frente a sus 20 añicos, fajándose, encontrando un lugar por el que no suele colarse nadie, gracias a ese don natural de controlar el balón en posición de disparo que tiene; y después fallar. Por un agarrón a destiempo, un paso demasiado rápido, o la falta de decisión en ese último suspiro que permiten los goles, y contra el que juega la confianza. Y escuchar pitos, y mofas. Pero esto no le frenó nunca. En el siguiente balón que caía en su zona, él repetía, dejándose llevar por el instinto de su fútbol. Y arreciaron las críticas, muchas veces.

Esto del fútbol es largo. Hay domingos y domingos por delante, y con trabajo y sacrificio, siempre llega una oportunidad. Parece que ha pasado mucho tiempo, pero Kike García tiene por delante media carrera como futbolista. Ni la selección española sub 20, ni haber debutado en Segunda, ni sentirse futbolista tan temprano, ni una temporada en blanco pudieron con su temple. Kike ha tenido tanta paciencia consigo mismo, como en cada balón que baja, controla y juega ahora mismo, y los defensas rivales le respetan, y la afición le aplaude cuando falla un balón que se le ha escapado, o que ha querido dominar más allá de los límites de lo posible.

Años de trabajo y una mentalidad propicia. Humildad. Mucha humildad. Son las características del éxito en el fútbol de hoy reunidas en la historia de un jugador de fútbol, Kike García, One Club Man con todos los honores de este Real Murcia en construcción. Sólo tenemos que mirarle para ver qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo. Kike nos ha enseñado el camino para convertir el tesoro que tenemos en él en algo mucho más grande, un Real Murcia grande.

Digo hasta, porque lo más lógico es que la gran máquina del fútbol devore a nuestro One Club Man con facilidad máxima, y a final de temporada veamos las lágrimas de Kike junto a una sincera, no me cabe duda alguna, promesa de volver. Nuestros jugadores de club no van a serlo nunca hasta el final si no nos convertimos en lo que soñamos. Y no hablo de dejar algún día de ser un club vendedor, porque eso es inalcanzable, pero sí podemos llegar a un lugar en el que nuestro One Club Man no se tenga que ir, al menos, aunque sea porque hemos llegado allí con él.

Pase lo que pase hasta el final, Kike marcó un gol en Mendizorroza que cierra un círculo. Un gol por el que ha peleado toda su vida en el Real Murcia. Un gol que salió de sus cualidades futbolísticas más puras, en el desmarque, en el control… y que supuso un paso más en su trayectoria. Kike disparó entre tres defensas, desde fuera del área, buscando el gol, justo en el mismo instante en el que años atrás fallaba, porque en ese momento no había nada más en sus botas que confianza. Una confianza ganada a pulso. Merecida. La que da llevar 13 goles, la que da sentirse un jugador importante en tu club y en la categoría, la que sientes cuando los defensas del rival te respetan y temen, la que se guarda en el corazón cuando tu hinchada te anima cuando fallas, y valora lo que has intentado.

Kike nos está enseñando el camino. Trabajo, sacrificio, paciencia, humildad… y confianza. Por eso Kike seguirá siendo un jugador especial cuando deje de vestir la camiseta del Real Murcia, que será lo lógico, aunque nos quede siempre un resquicio de romanticismo con el que soñar… En el fútbol de hoy, en un equipo como el Real Murcia, Kike debería ser siempre nuestro One Club Man. Vale.

Foto: Kike García, One Club Man (Foto MurciaTodoDeporte)

18/02/2014 13:04 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

Lo de la siesta...

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Nada más llegar a la casa de mi familia americana me dijeron dónde estaba el pan de molde, y la crema de cacahuete. Luego ya a las seis de la tarde, nos sentábamos a cenar roastbeef con piña, pizzas o hamburguesas tamaño plato. Claro, al principio pasé hambre, que me daba corte hacerme un sándwich así, por mi cuenta, o coger una manzana si no me la ofrecían. Por allí pasaba el vecino, vestido con la camiseta de los Miami Dolphins, y su gorrica, y se hacía un sándwich de cuatro pisos a mediodía que yo me quedaba patidifuso. Se hacía el sándwich, decía What´s up man! Y se piraba a su casa a comérselo. Y yo muerto de hambre, acho. Había que esperar a la cena.

 

Luego claro, cogí confianza, me hice colega del vecino, y descubrí que allí para hacerse sándwich, comer chocolate o un plato de cereales de plátano y cosas de fresa no había horas. Era como un bonus party de pulsera de hotel de recién casado. Así que a la semana de estar allí, ya casi soñando con el gonna y el wanna, me solté el pelo, y me hacía unos sándwiches con un bacon precocinado, mahonesa, crema de cacahuete, cebolla frita de bote, ketchup y pepinillos que podrían haberme nombrado Master Chef América sin ningún problema. Luego llegaba la hora del roastbeef y las mazorcas de maíz, y terminábamos con tarta, claro que sí.

 

Ya sabía yo que las cenas americanas eran así, el puré de patata, los guisantes, y eso. Y que se cena prontico, y que luego es el prime time en la tele y tal. Pero ojo, que luego a las diez de la noche o así, claro, les entra el hambre viendo una reposición de Hombre rico, hombre pobre, y entonces abren el bonus party y antes de irse a dormir recenan un sándwich de crema de cacahuete. Menudo secreto. Sí, que si un lunch, que si fruta, y cena pronto, que es más saludable… Pero claro, si reponen Hombre rico, hombre pobre, quién no se va a hacer un emparedado… Luego se levantan que es de noche aún, y se hacen unos huevos, o se toman unos cereales, por llamarlo así, que parecen confeti y saben a azúcar con un poco de azúcar. Ah, y le echan sirope de arce a todo lo dulce, y a veces a lo salado. Y los cafés son de litro. Sí, si. De litro. Litronas de café a cualquier hora del bonus party. Luego para cenar beben agua con cubitos. En la recena pega más una Bud.

 

 Así luego vas a Taco Bell a las diez de la mañana y está lleno de gente comiendo tacos y nachos, y hamburguesas, y patatas fritas. Por no hablar del McDonald´s, que allí abren 24 horas, y a cualquier hora hay un tipo de tres por tres comiéndose un Big Mac, que en sus manos parece una aspirina. Pues estos, estos del bonus party y las recenas, los que tienen la plancha encendida 24 horas al día y comen sándwiches de crema de cacahuete como si fueran pipas y fríen huevos con grasa de panceta, son los que nos dicen que ojo con cenar a las diez de la noche, y que de la siesta deberíamos prescindir. Échale ñoras. Vale.

 

Foto: Peter Pan, peanut butter

24/02/2014 10:28 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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