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Marmenormente

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Un calderico colgando entre tres cañas en la arena de la playa, a medio día, echando unos trocicos de hueva debajo las sombrillas de palmero. El rondo de abuelos sabios con camisas de manga corta con agujericos, bien abiertas, sombrero de paja y pantalonetas con el agua a las rodillas arreglando el mundo reflejados en el mar de cristal, y esos reflejos que obligan a cerrar los ojos y oler la sal fuerte a naranja. Los mújoles revoloteando en las nubes de arena negra que remueven el fondo en cada paso, el zagalico con la camiseta remangá sobre su cintura, con gorra de publicidad viejuna y crema solar en los mofletes, aparcado en medio del mar con su caña de bambú pescando a boya con masilla de azafrán. El bebé que cierra los ojos y chapotea en la orilla ajeno al milagro de su felicidad absoluta, una chica que hace el muerto durante minutos que parecen horas, mientras el sol broncea su medio cuerpo y masajea sus párpados.

 

Los melocotones salados sobre el agua antes del almuerzo a media mañana, y la pareja de guiris que se frotan con lodo brillante y milagroso las espaldas. Las cañas resuenan en el paseo junto al parque de las salinas, chocando unas con otras cuando a mediodía el viento del norte deja paso al lebeche. Dos señoras con grandes pamelas y coloretes brillantes charlotean agachadas cogiendo berberechos que guardan en una bolsa del supermercado, y picotean alguno de vez en cuando, un banco de óptimist nada a los lejos, más allá del cabo, con las velas hinchadas de empopada, y los colores vivos de los casquitos surcan estelas soleadas, rojas, verdes, azules y amarillas. El María Dolores cruza el corazón del mar majestuoso, como toda la vida, y se abren a su paso las islas del Barón y La Perdiguera, y hay un niño sentado en el embarcadero de madera suave, con los pies colgando, haciendo visera para mirar hacia la otra orilla. Un senderista alcanza la cumbre de El Carmolí, suspira y bebe agua oteando el horizonte y alcanza a ver el Mediterráneo, más allá de la Encañizada, huele a mújol al horno, con piñones y tomates, y patatas, y dos quintos helados de Estrella de Levante.

 

Un tobogán en el patín hace las delicias de dos hermanos rubicos, y en el chiringuito, con los pies llenos de arena gruesa y marrón oscura, alguien habla de las medusas del huevo frito y hacen chistes sobre venderlas a los japoneses. Bajo las cañas chopitos y sardinas recién hechas a la brasa, un tinto de verano y un beso en la hamaca bajo la sombrilla de paja, mientras llegan andando por el mar, con cartera, móvil, gorra y gafas de sol en las manos, a descansar el mediodía tras una pequeña travesía. Un partido de fútbol en el mar, niños que sacan zorros de los ladrillos que aún quedan por la orilla, y esa ristra de pequeños barquitos amarrados bailando al son de levante y lebeche. Suena Rincón Exquisito en los cascos del que corre por el paseo, a poco de caer el sol sobre la Isla del Barón, en el atardecer del fin del mundo, y las crestillas brillan con los últimos rayos del sol, antes de que todo quede en calma y por primera vez en muchas horas, sentado bajo las estrellas, se escuche la marea sencilla de la tranquilidad absoluta del alma. Marmenormente. Vale.

 

Foto: Marmenormente

08/07/2014 09:21 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

El recorte de Di Stéfano

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Cuando llegaba al cole solía quedarse en la valla exterior, unos minutos, viéndome jugar al fútbol. Yo le veía enseguida, y entonces me ponía a jugar con todo el ingenio que podía en aquellos partidos de patio de colegio con balones descosidos y marcadores imposibles. Me gustaba imaginar que él no sabía que yo sabía que estaba allí, y que aquellos minutos creía observarme sin que yo lo supiera, pero él lo sabía perfectamente. Sólo le saludaba cuando ya estaba esperándome detrás de la portería, justo antes de despedirme y marcharme con él a casa. Entonces me acariciaba la cabeza y sonreía sin decir nada. Siempre esperaba a que yo le comentara algo sobre el taconazo o el regate que había hecho para que él me viera. Se lo contaba sin exagerar, porque sabía que me había visto, y él se reía y volvía a acariciarme la cabeza.

- ¿Tú sabes quién era la Saeta Rubia? Me preguntaba siempre… y yo sonreía, y entonces me contaba alguna jugada suya plagada de regates, engaños y goles míticos, con todos los detalles, sobreactuando, y mis ojos brillaban. – Pues tu regate ha sido digno de Di Stéfano… Me iba a casa con la sensación de ser el Rey del mundo. Daba igual las veces que se repitiera aquella conversación.

Un día, al llegar a casa, abrió el armarito de la tele y cogió una de las muchísimas cintas de VHS que tenía bien ordenadas, y me la enseñó. En la pegatina blanca del canto de la cinta, escrito a bolígrafo, con caligrafía perfecta, con letra de abuelo, algo temblorosa, pero absolutamente fantástica, se podía leer ’La Saeta Rubia’. Me puso aquella cinta, una tarde de lluvia, al volver del cole.

En blanco y negro, decenas de goles de todas clases, y jugadas de aquel tipo encorvado, con el 9 a la espalda, que volvían a sacar el asombro de mi abuelo. Recortes hacia atrás, pisadas de balón en direcciones extrañas, que terminaban en disparos a gol que entraban en las porterías mucho antes de que los porteros pudieran hacer nada. Aquel tipo se movía en las viejas imágenes en blanco y negro como saltándose fotogramas ante los demás, y celebraba los goles con los dos brazos, pegando saltos de alegría. - Di Stéfano hacía siempre algo que nadie esperaba que hiciera, por eso era el mejor.

Mi abuelo era del Betis, y del Real Madrid. Me contó muchas veces cómo sufría con su Betis, y cómo tenía que ser del Real Madrid sólo por aquel jugador especial, la Saeta rubia, que hacía cosas inverosímiles en los campos de fútbol. Era un maestro contando historias. Hacía pausas larguísimas, y disfrutaba como nadie de mis caras de entusiasmo. Cuando decía aquello de la Saeta Rubia, lo adornaba con un misterio por encima de cualquier fantasía. - Abuelo, cuéntame una jugada de la Saeta Rubia... Era casi una oración. Pasé muchos años defendiendo en el recreo que Di Stéfano, la Saeta Rubia, había sido el mejor jugador de la historia, repitiendo las formas de mi abuelo en corrillos y partidos de patio.

Hace unos años, en un Real Madrid – Real Murcia en Primera División (2008), que perdimos 1-0, gol de Sneijder en el único disparo a puerta del equipo blanco, tuve la oportunidad de saludar a Don Alfredo. Acabó el partido, y salíamos del palco, donde nos habían invitado. En un momento le tuve a unos metros. Estaba parado, solo, esperando a alguien. Vi la oportunidad como el que decide hacer un caño rápido para sortear a un rival, y no me lo pensé dos veces.

Me acerqué con la mano estirada y mi bufanda grana al cuello… - Mi abuelo decía que usted es el mejor de la historia… Con un acto reflejo tendió su mano, me miró rápido, hizo un levísimo gesto de agradecimiento, y sin soltarme, mirándome a los ojos, me dijo: - Ustedes jugaron mejor… pero no ganaron porque ustedes no son el Real Madrid… Asentí con admiración, desubicado ante aquella disección del partido. Y me alejé pensando que la Saeta rubia acababa de hacerme un recorte para la historia. El leve acento argentino, el deje clásico, la mirada, el comentario puro de un hombre de fútbol… Fue directo al grano, y realizó la mejor crónica de aquel partido de todas las que leí al día siguiente. Mi cintura de comentarios futbolísticos aún está por aquel antepalco buscando cómo devolvérsela a Don Alfredo. Siempre hacía algo que nadie esperaba, por eso era el mejor…

Don Alfredo defendió a su equipo, a su manera, y a la vez, alabó a su pequeño rival. En una sola jugada. En una sola frase. Un recuerdo que unido al que siempre guardaré de mi abuelo, queda como parte de un futbolista que hacía siempre algo que no esperabas, incluso en el antepalco del Bernabéu, ante un zagalón con una bufanda del Real Murcia anudada al cuello. Descanse en paz, la Saeta rubia. Vale.

Foto: Di Stéfano en La Condomina (Foto vía Juanchi López)

08/07/2014 13:28 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

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