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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2014.

Fotoesía

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La paleta de colores la forman los sueños, las ilusiones, las sombras y las luces. Las fotos de hoy son lienzos de realidad para plasmar cómo vemos las cosas, cómo queremos verlas, o cómo no queremos. Lo que hay es sólo un panel que no está en blanco, una ventana de realidad con la que jugar con nuestra mirada, con nuestros estados de ánimo. Aquello que lleva años haciendo magistralmente el magnífico fotógrafo murciano Saturnino Espín lo hacemos ya casi todos, al menos los que usamos Instagram, donde ya hay auténticos genios de la paleta de imágenes y efectos, como Diego Garnés (@diegogarnes), el hombre amarillo, y no se engañen, su paleta de efectos es más amplia que la más variada gama de colores de los spray Montana. Hacemos nuestros pinitos en un mundo que nació hace dos días, pero en el que los genios ya parece que lleven andado un siglo entero.

 

Sin retoques, decimos, cuando queremos darle valor a una fotografía especialmente luminosa. Quizás sea un arcaísmo reciente, otorgar valor, a secas, a esa virginidad de efectos en una fotografía, porque quizás las fotos con efectos son otra cosa, a la que deberíamos darle un nombre… ¿Fotemas? ¿Fotoesía?… no sé. Es evidente, no todas lo serían. Pero cada vez es más fácil distinguir lo que es una foto, de una creación a través de luces y píxeles, por leves que sean las pinceladas. Lo de retocar, se quedó obsoleto si hablamos de fotos exageradamente tratadas. Como suena ya viejo lo del Photoshop y las polémicas por el retoque de imágenes en medios de comunicación, por su esterilidad, allá que vaya quien siga haciéndolo como si no lo hiciera.

 

Amaneceres de ciencia ficción, otoños superconcentrados, fríos estelares, brillos idílicos, sombras oblicuas, colores atosigados… Hay una enorme colección de barrabasadas, como en todo, y de vez en cuando, una obra de arte. No me gusta lo de instagramers, que suena a ejército de liquidadores galácticos. Pero en el canal #igmurcia de la red social de la fotoesía uno puede maravillarse al día con miradas dignas de ser consideradas arte. Trazos de una Murcia que vive en cómo la ven cientos, de una forma radicalmente particular, sin límites para plasmarlo, y están construyendo una ciudad virtual exquisita en La Nube, ese lugar tenebroso en el que está todo flotando, se quiera o no se quiera.

 

La foto de hoy es un sencillo ejemplo. Pasamos el día en las Fuentes del Marqués, y Yadira plasmó así el maravilloso día que hizo en Caravaca de la Cruz. Por cierto, les recomiendo probar la cerveza artesanal en El Molino del Río, donde terminamos de pasar un día espectacular gracias a Eduardo, hijo adoptivo de Caravaca, y a Elena, que hicieron de guías y anfitriones. Habrá que repetir. Vale.

 

Foto: Fuentes del Marqués (Caravaca de la Cruz) (Foto: Yadira)

03/03/2014 09:51 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

'Selfie'

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Te cruzas con alguien por la calle y ahí está, la palabrica, en la boca de todo el mundo. Ha sido uno de esos memes populares, de los de antes, de los que casi siempre consigue la publicidad, como lo de JASP, el primo de zumosol o el mítico be water, my friend. En una semana, desde los Oscars, lo del selfie nos ha empachado con los mecanismos de la canción del verano. Imaginen a King África gritando con su característico vozarrón Seeeeeeeelfie! Y ya tenemos éxito garantizado. Así que hacerse un selfie ha sido estos días los más del momento, por la tontería, que si algo tienen estos grandes memes sociales es que el ingrediente principal es ése, el chorrismo.

 

Uno de los más rápidos en sacarle partido a lo del selfie fue una de las mentes más brillantes del memismo internáutico patrio, un grande de la memecracia murciana, y de la comunicación, por tanto. Sí, hablo de Superperrete, que se colocó detrás de Bradley Cooper, en uno de los primeros retoques del selfie de los tres millones de retuits. Antes de que los mismísimos Simpsons lo hicieran. Mucho ojo. Luego a ver quien no se ha hecho un selfie esta semana, que levante la mano, que nos lo vamos a creer lo justo. Yo creo que lo que mola del selfie es la palabra, como pasa con casi todo. Una palabra molona hace mucho, que soy defensor del castellano, pero lo de autofoto no mola ni un cuarto que selfie. El salto ha sido que las estrellazas de Hollywood se hayan hecho un selfie, que eso nos ha dado alas, porque las autofotos ya eran cosa del día a día antes de product placement de la gala.

 

Hay muchos tipos de selfies, claro. Un subtipo mítico es el selfie morritos, que es muy de ellas, aunque hay de todo… ¿Quién ha dicho que queda bien poner morritos en las autofotos? Yo soy más de hacerlos desde arriba, que va contra todas las indicaciones profesionales para fotografías, y me molan mucho los selfies colectivos esos desde el suelo en corro, que no salen casi nunca bien. Luego están los espejistas, selfies al espejo, muy de ascensores. De estos el porcentaje de selfies en barbecho es más grande. Si, selfies que nos hacemos y nos quedamos en la carpetica, o destruimos, que una cosa es el selfie a compartir, y otra el que nos guardamos o destruimos. Vaya para cerrar una disculpa por hacerles leer la palabreja unas cuantas veces más. Ya es casi como una mascota, porque eso sí, lo de selfie suena a San Bernardo bonachón que te recibe en casa. En los USA ya tienen un refrán sobre los selfies… A selfie a day keeps the friends away, así que mucho ojo con atosigar. ¿Te has hecho un selfie esta semana? Vale.

 

Foto: El selfie, superperreteado

10/03/2014 14:28 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

Bares en extinción

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En mi sueño doblo la esquina de la Calle del Pilar, a buen ritmo. Al trote maristero aprendido en mis años mozos de amigo de maristeros, con la boca hecha agüica pensando en el bacalao celestial. La gente se agolpa junto a San Antolín. Al pasar la calle Vidrieros noto algo extraño, pero no puedo imaginar qué es. Me introduzco en la penumbra de la calle Angustias a mediodía, bajo el fresquico antiguo de esas calles de Murcia en las que no ha dado el sol en siglos, que huelen a humedades barrocas, y en las que el misterio desvencija las esquinas. Y entonces, todo se emborrona. Siento un mareo profundo, como si fuera a caerme al vacío, y la pesadilla se hace negra y dura como la vida misma. Levanto la cabeza abriéndome paso entre la multitud, con ganas de saludar a mis compadres de Lunes Santo, con el ponmeunvermú en el hipotálamo, y lo veo. No puede ser. ‘Gastrobar Luis de Rosario’, en letras góticas, con una marca de cerveza acuosa como patrocinadora del letrero. Y entonces quiero gritar y no puedo, y grito, sudo y un enorme agujero me traga llevándome a un mundo de vacío rodeado por el eco de mis quejidos viscerales… Hasta mi cama, donde reboto y me despierto empapado.

Una pesadilla de las duras. La invasión de los cuadraos (restaurantes modernen con platos cuadrados), mediada la primera década del siglo XXI, ha derivado en la explosión de los gastrobares de tostas y quesos, maridajes, primos y atrevimientos varios, contra los que, dicho queda, no tenga nada. Bienvenido todo lo que sea innovar en la cocina, que soy defensor. Pero hay momentos en los que uno sufre, porque una cosa, por favor, no puede quitar la poquica que nos queda de auténticos santuarios, esos lugares a los que podemos seguir llamando ‘Bar’ o ‘Taberna’.

 Y es que ya no quedan sitios con vermú casero en Murcia, pijo. Que cada vez vemos menos bolitos a medio gas, como mandan los cánones, y como los ponían en la mismísima casa de la Estrella Levante. El otro día cumplí un sueño adentrándome en sus entrañas, y me quedé con que en su bareto, los bolitos, se sirven sin miedo, pero a medio llenar y con mucha espuma, para trago murciano. Que aquí debíamos pagar las tapas ricas y buenas, y los bolitos ir a cuenta, al contrario que en Granada, y salíamos ganando. Bares de barra metálica y aperitivos certeros donde no ha llegado el foie, y los camareros van con camisas blancas con bolsillo y hablan más rápido que escuchan, y se saben un chiste para cada palabra que puedas decir. Bares donde la cuenta se hace a bolígrafo en servilletas, donde todo es amarillo y hay toneles y botellas con etiquetas descoloridas. Bares en los que no pasa el tiempo demasiado, ni en el momento, ni en toda la vida. Gastrobares, sí, pero hagamos una reserva natural de bares de siempre y que no mueran nunca. ¿Un vermú? Vale.

Foto: Cebollica tierna y anchoas, en Luis de Rosario (foto:chupalagamba.es)

17/03/2014 20:34 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Quitapesares

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Un buen amigo iba al Quitapesares la víspera de los exámenes. Al atardecer, una vez cerrados los libros y los apuntes, cuando decíamos aquello de que la suerte estaba echada, al menos los que no estudiaban la noche y madrugada anterior a la prueba, subía al monte en su bici y se quedaba allí hasta que se iba el sol, contemplando la inmensidad del horizonte de Murcia, y cómo se iban encendiendo lucecicas desde el Cristo de Monteagudo hasta Carrascoy. No le iba nada mal aquello de quitarse pesambres antes de los exámenes.

En la falda de la montaña, subiendo al Santuario de la Fuensanta, imagino unas letras a lo Hollywood, visibles desde la autovía, y casi desde toda la ciudad: Quitapesares. Murcia desde allí es muy angelina. Igual que lo son las viejas carreteras de Alcantarilla y El Palmar, y sus cruces con semáforos. Murcia es extensa, unas siete veces más que el municipio de Valencia, por ejemplo, lo que nos deja una densidad de población muy baja con respecto a otras grandes áreas metropolitanas, pero una ciudad esparcida que parece no tener principio ni final, cuando la tienes a tus pies, arriba, en el Quitapesares. Quien no ha recordado escenas de películas con una puesta de sol en nuestra colina sagrada, incluidos los Simpsons.

El otro día subimos a cerrar el día, y me acordé de mi amigo y sus exámenes. Una neblina de polución, como la que ha sido noticia en Europa estos días pasados, cubría el valle. El bar estaba lleno. En todas las mesas ocurría lo mismo. A ratos, silencio. Y una mirada al horizonte dibujaban sobre el cielo esa sensación de sosiego que ofrece la amplitud del aire libre, esa misma sensación que da nombre murciano al lugar, en un alarde toponímico sin parangón en esta tierra, que debía salir en todas las guías turísticas que hablen de Murcia.

Abrieron el toldo, y los camareros se arremolinaron junto a una de las barras del bar. Tortilla, boquerones, patatas fritas, croquetas, chupitos de cerveza… Un descanso merecido para saciar el hambre de todo un día de curre, justo cuando empezaba a iluminarse la ciudad, y el Quitapesares alcanza el punto álgido. Allí estaban, compartiendo condumio, con gesto de cansancio, pero con la satisfacción del deber cumplido, dejándole a la inercia del ocaso el empujón final del día en la terraza, como un batallón de depositarios de pesares. Hollywood mola, pero sólo significa bosque de acebo. Quitapesares no molará tanto, pero no creo que haya muchas palabras en cualquier idioma con una semántica más bonita. Y como siempre que bajó de allí, lo hice pensando que hay que subir más al Quitapesares. Vale.

Foto: Atardecer en el Quitapesares (marzo, 2014)

24/03/2014 11:21 achopijo #. sin tema Hay 1 comentario.

Artur Pairot

Jugábamos en el mismo puesto en el equipo del Trofeo Rector. Dos nueves de similares características técnicas, aunque él era más rápido, y muy del Barça. Tenía un marcado acento catalán, afilado por un deje navarro de la calle, de bar de barrio nuevo, que le permitía pamplonear como uno más con una soltura inusitada. Iba por la vida riéndose un poco de todo, aunque algunas cosas no tuvieran gracia, porque Artur era sobre todo, disidente de la banalidad. No nos parecíamos casi en nada, pero cuando estábamos juntos éramos uno solo. En poco tiempo alcanzamos esa complicidad absoluta que sólo puedes tener con pocos amigos durante una etapa de tu vida, y que permite luego que siempre que te vuelves a ver sientas que no ha pasado el tiempo. Pensábamos las mismas cosas sin tener que hablar.

Artur Pairot era uno de esos periodistas en ciernes que utilizaba el instinto crítico para todo, especialmente en las conversaciones insulsas, donde se desenvolvía como un maestro. Fue un Évole de la vida universitaria muchos años antes. Los pocos días que no íbamos a Los Portales a quemar las noches de los años inolvidables, solíamos quedarnos en el salón del piso con la tele encendida, en auténticas sesiones de surrealismo forzado. Pasados meses, Artur recordaba exactamente las conversaciones que habíamos tenido, y que le habían inspirado. Un día me dijo que escribiría todo aquello en un manual del surrealismo y que seríamos la Escuela del Piso, una corriente literaria entre el dadaísmo, el surrealismo y el buen rollo.

De vez en cuando Artur aparece en mis sueños. Está sentado en su sillón del piso, y se parte el culo a carcajadas, como solía hacer, por cualquier cosa. Con su camiseta fea y su perilla extraña, se sirve cerveza con exquisito cuidado, y saca cualquier tema para que hablemos las horas que hagan falta. Fue mi mejor amigo muchas semanas de aquellos años. Otro día le prometí que escribiría una columna hablando de los pardieces, una de nuestras tonterías habituales. Los pardieces eran mascotas con forma de mano, que correteaban por el techo. He tardado unos años, pero aquí está escrito, Artur.

Cuando se recluyó en su casa y dejamos de verle pensé que sería una etapa más dentro del desarrollo de aquella personalidad huracanada, imprevisible, arrolladora. A veces podía ver en sus ojos cómo su cabeza estallaba en ideas, pensamientos, dolores, alegrías y falta de certezas. Nuestra mente tiende a desdibujar el dolor de la muerte. Para mi Artur se fue a seguir  mirándolo todo desde aquel sitio donde muchas veces te dejaba descolocado, como si él supiera algo que nadie más sabría nunca, y nos dejó a quienes compartimos con él algunos de los mejores ratos de nuestra vida, un legado impagable. Hoy, media vida después de aquello, lo agradezco de alguna forma con estas letras, que dedico a Madriles, Marcos y El Piso, con cariño especial. Vale.

31/03/2014 09:38 achopijo #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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